Películas clasificadas como 'acción'
Tercer largometraje de Tarantino, sin duda, el director más influyente de los últimos años, Jackie Brown es, probablemente, su obra más madura y personal, pese a estar basada en un argumento ajeno (la novela Rump Punch, de Elmore Leonard, uno de los escritores que más obras ha visto llevadas a la gran pantalla, que Tarantino adapta libérrimamente), y que significa, además de un cambio de rumbo en su particular manera de contar historias, un auténtico ajuste de cuentas hacia aquellos -envidiosos, la mayoría- que dudaban de su precoz genialidad, acusándole de hacer películas simplemente brillantes y efectistas, repletas de violencia edulcorada y coreografiada, para satisfacción de mentes pueriles.
En Jackie Brown, definitivamente, rompe con este estigma, proponiéndonos un cine más intimista, más cercano a los personajes, donde, por primera vez, apuesta por una visión distanciada de la violencia (toda ella aparece fuera de campo o imperceptible en la lejanía), al tiempo que rescata un estilo sobrio, incluso clasicista, sin ser esquemático, básicamente inspirado en el cine negro de los 70, en especial, por su tono desmitificador. No es de extrañar, por tanto, que haya recurrido a su admirada Pam Grier (heroína de la “blaxploitation”, subgénero afro-americano y feminista, de moda en aquellos años), para interpretar el personaje principal, Jackie Brown (en el original, rubia y de ojos azules, y de apellido Burke), una azafata madurita de bajos vuelos, a la que la vida no ha tratado muy bien que digamos, y que trata de resarcirse apoderándose de medio millón de dólares, propiedad de un peligroso gangster de poca monta (el siempre sensacional Samuel L. Jackson), traficante de armas y proxeneta, al que la policía trata de echar el guante, usando como cebo a la protagonista. Se inicia así un doble juego, en el que unos y otros serán víctimas de la astuta Jackie, quien contará con la inestimable ayuda de un fiador (merecidísima nominación al Oscar para Robert Forster, actor felizmente rescatado del olvido por Tarantino, y al que recordamos como el joven jinete desnudo que encandilaba a Marlon Brando en Reflejos en un ojo dorado, de John Huston) que se siente atraído por ella desde el primer momento. Entre los dos se establece una particular relación de íntima amistad y comprensión (ambos se hallan a las puertas de la vejez), una especie de casto romance crepuscular, que constituye uno de los grandes aciertos de la película.
La perfecta estructura narrativa del film, cuyo momento cumbre es, a mi juicio, la escena de la entrega del dinero en la boutique del aeropuerto, contemplada desde tres puntos de vista diferentes; el perfecto dibujo de los personajes, tanto los principales, como los secundarios: el callado aunque imprevisible sicario (Robert de Niro), la putita del gangster (Bridget Fonda), harta de humillaciones, el policía con complejo de “cowboy” (un Michael Keaton más comedido de lo habitual) y su ayudante (Michael Bowen), etc. ; una realización modélica (bellísimo el plano final de la protagonista), soberbia (largísimas secuencias sin cortes, perfectamente engarzadas con los clásicos planos-contraplanos) y sin fisuras (aunque alguno puede decir que a la película le sobra metraje); y, por supuesto, los magníficos diálogos, marca de la casa (aunque, en esta ocasión, más depurados), son, en mi opinión, las grandes bazas que presenta esta película, muy superior a sus anteriores trabajos (y eso que yo siempre he considerado a Pulp Fiction como una obra maestra), que marcará, inevitablemente, un punto de inflexión en la meteórica carrera de este, todavía, aspirante a Maestro.
Hugo Flores
Aburrido y decepcionante primer film producido por la factoría DreamWorks, que ha recurrido a la también debutante Mimi Leder, realizadora de algunos capítulos de la serie Urgencias, para sacar adelante una convencional historia sobre terroristas apocalípticos y yanquis salvadores en el escenario de la posguerra fría y el conflicto, aun candente, de la antigua Yugoslavia.
El robo y posterior contrabando, por parte de un descontento y terriblemente ambicioso militar ruso, de varias ojivas nucleares, una de las cuales es codiciada por un traumatizado pianista y diplomático, que se autodefine como serbio, croata y bosnio, que pretende hacerla estallar en la Sede de la ONU en Nueva York para vengarse de las naciones occidentales, y en especial a los EEUU, a las que culpa directamente de haber alentado y fomentado la guerra en su país, e indirectamente de la muerte de su mujer y su hija por disparos de un francotirador en las calles de Sarajevo, sirve de excusa para volvernos a presentar a los Estados Unidos, encarnados en un militar granujilla y de métodos poco ortodoxos (George Clooney), y en una chupatintas asexuada de Washington (Nicole Kidman), como garantes de la Paz y gendarmes del Nuevo Orden Mundial, pese a que, por una vez, la mayoría de los espectadores llegamos a sentir cierta lástima por el terrorista, debido, sobre todo, a su aspecto patético, muy alejado de los mal encarados villanos que suelen aparecer en estas películas. Pero, precisamente por ello, y porque la acción está mal dosificada, carece del ritmo apropiado (la escena del tren, que abre la película, se hace interminable), y la trama es tan simple y tonta como la descripción de los personajes, el film de Mimi Leder no sirve ni siquiera para contentar a los menos exigentes fans de las películas de acción. Para colmo, el metraje es excesivo y la relación entre el militar y su superiora, en la que el sexo no tiene cabida, sigue los parámetros políticamente correctos marcados por series televisivas como Expediente X. Alguien ha debido engañar a los yanquis, diciéndoles que el sexo es una traba en el camino hacia la plena igualdad entre hombres y mujeres. No es que yo esté obsesionado con que aparezcan revolcones en las películas, sobre todo si estas son para todos los públicos, pero es que no son capaces siquiera de aceptar algo tan bonito y cinematográfico como un beso. Un tipo que va a ver una película en la que aparecen Nicole Kidman y George Clooney, por fuerza, ha de sentirse decepcionado si en esta no hay lugar para el flirteo, la atracción mutua, el romance. Esto no es machismo, señores, sino que es un sentimiento que ha alimentado los sueños de millones de espectadores a lo largo de la historia del cine. Sí, aunque lo hayamos visto montones de veces, queremos seguir disfrutando con las miradas insinuantes, las caricias furtivas y los besos apasionados. ¿Qué hay de malo en ello?.
Tampoco es de recibo que, a las primeras de cambio, se carguen al gran Armin Mueller-Stahl, a quien, a priori, le había tocado el habitual papel secundario de lujo con que suelen obsequiarnos las superproducciones de Hollywood. Una lástima, pues su aportación habría elevado, sin duda, la calidad de la película. Aunque me temo que mucho tendría que haber hecho para salvar este engendro. Como sigan así, tendrán que ir pensando en cambiarle el nombre a DreamWorks. Se admiten sugerencias.
Hugo Flores
El malvado Castor Troy (Nicolas Cage), vestido de cura, manipula una descomunal bomba en el interior de un palacio de congresos. Acto seguido, como si se tratase del mismísimo M.C. Hammer, se marca un sorprendente baile con la música de El Mesías de fondo, interpretado por un coro de virginales adolescentes. Para rematar la faena, se arrima con decisión a una de las niñas (no tan niña) y, amasándole el trasero, le confiesa al oído su aversión hacia la obra cumbre de Haendel. Sin duda, una muy descriptiva manera de presentarnos al hedonista y perverso villano de esta nueva y decepcionante incursión de John Woo en el cine made in Hollywood.
Y eso que la película venía precedida de inmejorables críticas por parte de algunos reputados críticos, como mi admirado Jorge de Cominges (cuatro lujosas estrellas le puso en el), con quien suelo coincidir en muchas de sus valoraciones. No es este el caso. Desde el comienzo (esa escena del fatal disparo que acaba con la vida del hijo del policía) hasta el final (precedido de un exagerado duelo en el interior de una iglesia, habitada por centenares de palomas), se percibe claramente la intención, por parte del director, de hacer recaer la película sobre la base del puro y duro efectismo visual, en vez de apoyarse en un argumento que, si bien hoy en día no resulta muy creíble, ofrecía la oportunidad de recuperar con éxito un género como el thriller psicológico, tan maltratado en los últimos años, y que John Woo ya abordó, con mejores resultados, en su mítica The Killer. Pero incluso en el terreno de la genuina action-movie, Cara a cara no nos ofrece, ni de lejos, lo mejor del director de Hong Kong. La elegante precisión con que Woo solía coreografiar las escenas de tiroteos, como si de un grandioso número circense se tratara, ha dado paso a un indigesto batiburrillo de ciencia-ficción, violencia gratuita, estética animé y homenajes más que evidentes al espagueti-western (aunque sin la intención desmitificadora que caracterizaba a este último). Todo ello sazonado con inapropiados toques de sensiblería: la relación que se establece entre el policía y el hijo del malo, o las muestras de cariño de este último hacia su hermano Pollux (Castor y Pollux, ¡qué gracioso!), al que continuamente tiene que atarle el cordón de su zapatilla, etc. De su personal estilo, sólo apreciamos su ya clásico duelo de pistolas frente a frente, o esa escena, inventada por él -y que Tarantino utilizó en Reservoir Dogs- en la que todos se apuntan y nadie parece atreverse a disparar primero. Pero son meros detalles que únicamente contribuyen a acentuar la sensación de dejá vu que transmite el film.
Lo del intercambio de personalidad, pese a que, como ya he comentado, no parece muy viable, hubiese servido de perfecta excusa para plantear una parábola sobre la crisis de identidad -esa lacra de nuestro tiempo-, o para alertarnos sobre la creciente confusión a la que parece abocada la sociedad actual. Por desgracia, únicamente ha servido para que dos grandes estrellas, como son John Travolta y Nicolas Cage, exhiban toda su particular gama de tics interpretativos, en un festival de histrionismo sin parangón en el cine actual. Desde el momento en que intercambian sus papeles, el bueno de Nicolas Cage, más patético que nunca, no para de llorar y gimotear, mientras un malvado John Travolta, con cara y modales de viciosillo, se lo pasa en grande palpando culos, bailando soul, llevándose a la cama a la esposa del poli (una elegantísima Joan Allen, sin duda, lo mejor del film), o tratando de seducir a su rebelde hijita (la jugosa Dominique Swain, la nueva Lolita), aunque en ningún momento llega a abusar de ella (lo que, inevitablemente, habría desatado las iras de la censura yanqui). Es más, el malo acabará asumiendo, aunque a su manera, el papel de padre protector que le ha tocado desempeñar. Por otra parte, resulta llamativo que el villano fume y el poli no, aunque esta velada apología del anti-tabaquismo se vea compensada con varias alusiones políticamente incorrectas al deprimente sin vivir del bueno, en contraste con el carácter lúbrico y nihilista del malo, quien, sin lugar a dudas, resulta mucho más atractivo que su oponente. También llama la atención que, una vez amainada la tormenta, la familia del poli sea capaz de superar tan traumática experiencia y recuperar su equilibrio vital. Incluso parece mejorar, al sumarse a ellos un nuevo miembro, y al abandonar la hija su impersonal look de fulana (algo que, curiosamente, han de agradecer al malo). Sinceramente, no me parece nada creíble.
Sorprendentemente, la escena más lograda del film no es de acción. Me refiero a ese momento en que Castor Troy, suplantando la personalidad de su antagonista, ha de fingir dolor de padre ante la tumba del hijo de este último. Es el único instante en el que parece apreciarse un cierto remordimiento en el villano. Es como un oasis en mitad de un desierto de mediocridad. Una lástima.
Hugo Flores