Películas clasificadas como 'drama'
Fenomenal nueva incursión de Jim Sheridan en un tema que tan bien conoce como es el terrorismo y sus trágicas consecuencias, no sólo físicas o políticas, sino además en el de la frágil convivencia, cercana al caos, de quienes son su objeto y sujeto, en este caso, católicos y protestantes del Ulster, y las, entonces, pocas, más bien escasas probabilidades de alcanzar la tan deseada paz en dicha zona.
Esta vez, sin embargo, Sheridan ha optado por afrontar este difícil tema con vocación nada localista, sino más bien al contrario: tratando de que su personal apuesta por la paz llegue a todos aquellos lugares sacudidos por la violencia terrorista y por el clima de permanente confrontación, en el que no cabe actitudes neutrales o conciliadoras.
En este sentido, la historia del boxeador, antiguo militante del IRA, que sale de la cárcel para rehacer su vida, recuperar sus sueños frustrados por la ceguera fundamentalista, y, de paso, aportar su granito de arena a la solución pacífica de un conflicto estéril, inútil, del que es imposible que salgan vencedores y vencidos, en el que todos son víctimas y verdugos potenciales, puede trasladarse perfectamente a la realidad del País Vasco, Argelia, el Kurdistán o los Balcanes, por poner varios ejemplos.
La formidable contraposición entre un deporte, el boxeo, donde la violencia se ajusta a unas determinadas normas, y el terrorismo, que no tiene reglas prefijadas, que carece de toda lógica, que se nutre del caos a la vez que lo genera; la búsqueda de un mínimo resquicio de felicidad y amor en condiciones poco o nada favorables, y la necesidad imperiosa de romper con el pasado, son las motivaciones que llevan al protagonista, el siempre excelente Daniel Day-Lewis, a enfrentarse cara a cara, con algún que otro titubeo, a la siniestra realidad de su pueblo. Un pueblo dividido incluso físicamente (los muros que separan la zona católica de la protestante) en dos bandos exclusivistas en los que no parece haber lugar para disensiones (significativo el hecho de que las mujeres de los presos del IRA estén obligadas a guardar absoluta fidelidad y a apoyar en todo momento a sus maridos, y estén sometidas a una férrea vigilancia disciplinaria por parte de la organización). En este contexto, el boxeo cumple una función integradora, consiguiendo el pequeño milagro de unir en un gimnasio a los dos bandos cantando al unísono el “Danny Boy”, en la que, probablemente, es la escena más emotiva de la película. Mientras que la relación entre el protagonista y la hija de un alto dirigente del IRA (la sencillamente maravillosa Emily Watson), casada (con un preso) y con un hijo que ha de escoger entre el boxeo y la lucha armada, aporta una nota de esperanza, confirmada en parte por la posibilidad de un alto el fuego (aunque no faltará quien pretenda torpedearlo por pura venganza o por desconfianza), y por un desenlace abierto, quizás demasiado optimista, pero indiscutiblemente hermoso.
Esta es la gran ventaja del cine sobre la vida, ¿no es cierto?.
Hugo Flores
Producción de elefantiásicas proporciones y desmesurado presupuesto, Titanic, de James Cameron (quien, hasta ahora, había vivido siempre bajo las permanentes comparaciones con el Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg), es una de esas obras de ingeniería cinematográfica puesta al servicio de las emociones, llamadas a formar parte de la memoria colectiva de los cinéfilos durante varias generaciones.
Exquisitamente realizada, montada y fotografiada, utilizando todos los medios tecnológicos y artísticos de este final de siglo, Titanic es, sin embargo, una película que alcanza su grandeza en la historia de pasión, convencional, sí, pero siempre conmovedora, entre sus dos jóvenes protagonistas: un fascinante Leonardo Di Caprio (capaz, con sólo una mirada, de derretir plateas enteras repletas de muchachitas en flor -¡Dios, qué envidia me da!-, entre histéricas declaraciones de amor eterno, aunque imposible) como el joven Jack, un pintor bohemio destinado a salvar la vida, “en todos los sentidos”, a una adolescente, Rose (maravillosa Kate Winslet), perteneciente a una familia aristócrata inglesa venida a menos, obligada, por decreto maternal, a contraer matrimonio con un prepotente norteamericano burgués, millonario, a pesar de su ignorancia, posesivo y reaccionario (Billy Zane, quizás lo único olvidable de la película). La travesía y posterior hundimiento del “insumergible” Titanic, símbolo universal del peligro que supone la imparable ambición humana por dominar el mundo a través de la tecnología, sin contar apenas con el factor humano (llama la atención que, en un barco equipado con los últimos avances tecnológicos de la época, los vigías no cuenten siquiera con prismáticos que les permitan ver los icebergs a distancia), se convierte así en mero transfondo trágico de esa pasión (la certidumbre sobre el desastre que se avecina hace que nos identifiquemos más con los protagonistas y nos involucremos más decididamente en la historia), un transfondo que no elude el aspecto social de lucha de clases, al retratar las desiguales condiciones en que viajaban tanto los pasajeros como la tripulación, según fuera su adscripción social, y la distinta suerte que corrieron durante la tragedia.
En un plano meramente formal hay que dividir la película en dos partes bien diferenciadas: una primera parte en el que vamos conociendo a los personajes, y en el que se da rienda suelta a la pasión y al proceso de desencorsetamiento de la joven protagonista, a raíz de su encuentro con el pintor, y que parte de la búsqueda de un extraordinario diamante (elemento que James Cameron utiliza como un McGuffin, pues para el espectador no tiene, en absoluto, valor) y del relato de su presunta propietaria, una anciana superviviente del naufragio que revivirá su traumática experiencia en un ejercicio de introspección que recuerda bastante a películas como Pequeño Gran Hombre; y una segunda parte, conmovedora y espectacular, que en algunos momentos nos recuerda al mejor Einsenstein (con grandiosos movimientos de masas, primeros planos y secuencias simbólicas, como la de los platos cayendo de los estantes, metáfora del declive de toda una época: la Eduardiana), en la que Cameron incluye momentos dignos del mejor teatro del absurdo (el miembro de la tripulación que amenaza al protagonista con hacerle responder ante la compañía por haber roto un panel, mientras el barco se hunde irremediablemente; o ese otro empleado que se suicida de un tiro en la sien por su incapacidad para controlar a las masas, matando incluso a un pasajero), sin olvidar escenas de una gran belleza, (como la de los ancianos esperando la muerte en su lecho, o los sensacionales travellings en las calderas que mueven el barco) o sencillamente dantescas (la barca navegando entre un mar de cadáveres), que hacen que pequeños fallos, como el de incluir ecos en alta mar, pasen casi desapercibidos.
Esta claro que, además, la historia está contada desde dos puntos de vista: el de la anciana Rose, centrada en lo puramente sentimental, y el del propio director (es obvio que muchos pasajes de la historia no podía conocerlos la protagonista), de claro contenido épico. Ambos puntos de vista se complementan y superponen a la perfección, desarrollando una compleja estructura narrativa, repleta de saltos temporales magníficamente conseguidos, y que culminan con la, para muchos, discutible secuencia final, que no voy a relatar por motivos obvios.
Por último, hacerme eco de dos escenas, a mi juicio memorables, como son la de la cena en el comedor de primera clase, y, sobre todo, la sensual escena en la que Jack retrata a la protagonista en toda su desnudez, simplemente ataviada con el preciado diamante. Un retrato que reflejará muchos años después el lado más pasional y humano de una de las mayores tragedias de nuestro siglo.
Hugo Flores
Dicen que las noches en el Sahara son extremadamente frías, y esto precisamente me hizo sentir la tan laureada obra de Anthony Minguella: frío donde debía sentir calor. Y la pasión, amigos míos, consiste precisamente en lo contrario. Quien haya visto Doctor Zhivago seguramente sabe de lo que hablo.
En mi modesta opinión, El Paciente Inglés merece todos los Oscar recibidos… Todos, menos uno; y ese “uno” es precisamente el más importante: el de mejor película. ¿Por qué? Por que los actores están fantásticos, en especial Juliette Binoche (su romance con el sij es lo más hermoso de la película, aunque en mi opinión, paradójicamente, no venía mucho a cuento), la fotografía sublime, la música no digamos, el montaje ejemplar, la realización brillante, la producción y el vestuario soberbios, el sonido perfecto, y lo del “enigma de las nacionalidades” como pretexto argumental muy apropiado para los tiempos que corren. Sin embargo (y es aquí donde quiero incidir) le falta algo esencial: la emoción, la ansiedad, el sobrecogimiento, el dolor y, sobre todo, el sentirme partícipe de la historia, sentirme identificado con las situaciones y los personajes, el haber querido compartir con ellos su fatal o feliz -según se mire- destino.
Hugo Flores
La palabra Trainspotting hace referencia a un oficio muy británico consistente en apuntar los trenes que pasan por una estación. Esta actividad tan aparentemente monótona e inútil constituye toda una “modus vivendi” para quien la realiza. Lo mismo ocurre con los heroinómanos. La despreocupada vida del yonqui consiste casi exclusivamente en una sucesión de “chutes” tan sólo interrumpida por las inaguantables resacas, que suelen culminar en un nuevo “mono”. En contraste con la sociedad consumista, cuyos individuos aspiran a tener de todo, a poseer cuantas más cosas mejor, al yonqui una única cosa le preocupa: asegurarse, como sea, la siguiente dosis. Esto le convierte casi en un ser -digamos- especial y, por tanto, en peligro de extinción. De ahí la conveniencia de retratarlos con rigor, sin complacencia, sí, pero sin tremendismo, algo que el cine ha logrado en muy pocas ocasiones. Y es precisamente aquí donde Trainspotting gana la partida a anteriores experimentos, todavía recientes (véase El pico e incluso Kids), sobre el mundo de la adicción combinado con el retrato generacional.
Muchos han querido comparar esta película con la archipopular Pulp Fiction. Puede que como fenómeno de masas y desde un punto de vista superficial tengan cierta similitud pero existen diferencias más que evidentes (aparte, claro está, del argumento). En primer lugar, mientras el film de Tarantino, pese a su carácter transgresor, bebe directamente de las fuentes del cine clásico americano (su referente más próximo sería Don Siegel) y del cómic, Trainspotting, cuya base literaria (la novela homónima de Irvine Welsh) Danny Boyle no duda en reinterpretar o, mejor dicho, corromper, es un más que interesante intento (desde luego, mucho más que Romeo+Julieta) de integrar el lenguaje video-clip en el lenguaje puramente cinematográfico. De ahí que el calculado efectismo de las imágenes cobre una importancia vital a la hora de describir el desmadrado periplo vital de los personajes. En este aspecto, yo destacaría el uso que Danny Boyle hace del gran angular (nada novedoso, por cierto, si tenemos en cuenta La naranja mecánica, de Kubrick, película a la que Trainspotting rinde un nada disimulado homenaje). Mientras que en el cine de Welles este se usaba con funciones narrativas (la profundidad de campo, que permitía situar a varios personajes, en distintos planos, simultáneamente en la misma secuencia) aquí tiene una función puramente estética (el llamado efecto “mirilla”).
En cuanto al contenido, existen más diferencias respecto a Pulp Fiction: el distinto estrato social en que se desenvuelven los personajes, la distinta percepción del humor (negro en ambos casos, pero más escatológico en Trainspotting), la distinta estructura del guión, así como las inevitables diferencias “culturales” entre el cine americano y el británico, pese a que este último haya roto definitivamente con Europa, creando su propia industria e incluso su propia constelación de estrellas (entre las que se augura un lugar destacado al protagonista de Trainspotting, el escocés Ewan McGregor). De todos modos, a ambas películas les corresponde el mérito de haber roto con la apatía reinante en el panorama cinematográfico de fin de siglo, sabiendo combinar calidad y entretenimiento, sin renunciar al universal espíritu transgresor, común denominador de la nueva generación de directores.
Hugo Flores
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