Películas clasificadas como 'drama'
En primer lugar, no aspiro a ser quien zanje definitivamente el espinoso tema de si es factible hacer comedia de un asunto tan serio como es la Shoah (lo que comúnmente denominamos Holocausto Judío). Y no soy quien, sencillamente, por que no he conocido el inmenso sufrimiento que supuso para millones de seres humanos el exterminio nazi.
Sí puedo decir, siempre a modo de opinión personal, que no he encontrado nada en La Vida es Bella que pueda resultar ofensivo contra lo que significó aquella tragedia. Si la película no refleja la realidad de aquellos hechos de modo absolutamente fiel, tal vez sea por que Roberto Benigni, al igual que el protagonista, quien protege a su pequeño, ocultándole con mentiras y cuentos el terrible drama que están viviendo dentro de un campo de exterminio nazi, sacrifica esa realidad, disfrazándola a modo de fábula (algo que nos deja muy claro al principio de la película), apelando, si duda, a lo poco, tal vez, poquísimo, que nos queda de inocencia a los espectadores. Me parece, de ser esa su intención, un hermoso gesto por su parte.
De todos modos, cabría decir que, si bien la primera mitad del film, la que narra el encuentro y conquista de una bella dama de familia acomodada (la muy expresiva Nicoletta Braschi) por un sencillo y dicharachero camarero judío, en pleno apogeo fascista en Italia, sigue los dictados de la clásica comedia italiana, con homenaje incluido a Fellini y De Sica, salpicada con detalles surrealistas y bufonescos, la segunda mitad adquiere unos tintes tragicómicos como hacía años que no se veían. Esa mezcla de sensibilidad, sentimiento y amor por la vida hace que el espectador salga del cine con una extraña sensación agridulce, conmovido por el inmenso sacrificio del protagonista (genial, pese a su histrionismo, Roberto Benigni), y contento porque esa apuesta por la inocencia se ve finalmente jalonada por una salvación, no completa, pero sí todo lo feliz que podía ser, dadas las circunstancias.
Sería muy difícil escoger un momento destacable de la película, ya que está lleno de instantes memorables, pero esa última mirada del padre a su hijo, esa última payasada antes del desenlace, hacen que pagar por ver esta joya no sólo no constituya un sacrificio, sino que para mí supuso un regalo inolvidable. La vida es bella porque es única. Gracias, Roberto, de todo corazón.
Hugo Flores
Las comparaciones no siempre son odiosas… A veces resultan necesarias.
En el caso de City of Angels, las comparaciones con Cielo sobre Berlín, de Wim Wenders son forzosas, aunque un servidor ha llegado a pensar que resultaría inútil ponerse a buscar similitudes (las hay, aunque bien pocas) y diferencias (bastante evidentes); simplemente invitaría al espectador a visionar ambas películas de forma consecutiva, y si no es capaz de llegar a las mismas conclusiones que yo, una de dos: o dicho espectador ha sido afectado por una sobredosis de Coca-Cola y palomitas de maíz, o es que, definitivamente, no sirvo para esto de la crítica.
No voy a entrar en si ésta es mejor o peor (allá cada cual con sus gustos), pero que alguien me explique qué carajo tiene que ver el existencialismo y la visión humanista, no ya de un Berlín, sino de toda una Europa en vísperas de la caída de comunismo (con la consecuente crisis de ideales), de la -lo reconozco- discutible obra de Wenders, con el cruce de postalitas, estética MTV, melodrama sobrenatural lacrimógeno y consignas de cura de parroquia de barrio que practica el tal Brad Silberling, director cuyo mayor “logro” hasta la fecha había sido dirigir Casper.
Y ya que estamos, ¿alguien puede decirme por qué todo el mundo, incluidos Meg Ryan y Nicolas Cage, pone cara de imbécil en esta película? ¿Acaso los ángeles de Los Ángeles, además de vestir como vampiros de diseño y no cambiarse de ropa, se dedican al tráfico y consumo de éxtasis?
Menos mal que, al menos, el final de la “peli” no es el típico desenlace sensiblero y feliz, ¡todo un hallazgo, por fin!. Ya hubiese sido el colmo.
Por cierto, la canción de los títulos de crédito finales me gustó mucho. Tal vez haya que recomendar el CD.
Hugo Flores
Extraño y complejo film, basado en la difícil novela de Russell Banks, a la que Atom Egoyan, director, entre otras, de la muy sugerente Exótica, ha dotado de una nueva dimensión, logrando un film personal, muy en la linea de sus últimos trabajos, alejándose casi definitivamente de la frialdad glacial de sus primeras películas.
Teniendo como eje central un terrible accidente de autobús, en el que mueren todos los niños de un pueblo, así como sus consecuencias, y partiendo del clásico de Andersen “El flautista de Hamelin”, aludido expresamente en el film, Atom Egoyan escarba en el dolor y el sentimiento de pérdida de familiares y supervivientes de la tragedia, guiado por un abogado (impresionante Ian Holm) oportunista y manipulador (un personaje muy similar al de El liquidador, del propio Egoyan), atormentado, a su vez, por la “pérdida” de su hija, adicta a las drogas, quien trata de encauzar la ira de los habitantes del pueblo, y su necesidad de encontrar un culpable, con el fin de demandar a la empresa de transportes propietaria del autobús accidentado. La determinación de mirar al futuro, de comenzar de nuevo, acabará, sin embargo imponiéndose, gracias, sobre todo, a la decisiva intervención de una de las supervivientes (inquietante Sarah Polley), a quien las consecuencias tanto físicas como emocionales del accidente le harán replantearse su existencia, especialmente en lo que concierne a su relación -de tintes incestuosos- con su padre.
El inmejorable tratamiento del guión (nominado, al igual que el director, al Oscar), con continuos “saltos” en el tiempo, que dotan al film de una estructura compleja, fragmentada, a la par que sólida, sin fisuras; la forma en que este profundiza en el alma de los personajes, desnudándolos al completo, hace que aparezcan ante nosotros como personas reales, no como meras ficciones, concediendo, de este modo, al espectador una condición de “voyeur”, de testigo de excepción del dolor y los traumas de los habitantes de ese pequeño y triste pueblo sin niños, sin risas, sin inocencia, que, sin embargo, no tendrá más remedio que mirar hacia el dulce e incierto porvenir, para liberarse definitivamente de sus fantasmas.
Paradójicamente, la principal virtud de Egoyan, como realizador, constituye, probablemente, su mayor defecto. Y es que el film, desde su comienzo, acusa un cierto afán por parte del director de destacar por encima de la propia historia, empleando para ello una realización tan indiscutiblemente brillante como deliberadamente forzada, calculadamente virtuosa. Ello no quita, por supuesto, que consideremos a El dulce porvenir como una gran película, una de las mejores, a mi juicio, de la década. Al fin y al cabo, nadie es perfecto, y toda obra maestra que se precie tiene sus pequeños peros, ¿o no?
Hugo Flores
Hermoso y sugerente film cuyo argumento parte de un cuento de hadas (en el que no falta la malvada bruja del bosque, situado al otro lado de las murallas que protegen la aldea donde habita una bella princesita junto a su familia) contado por la protagonista, una niña de diez años perteneciente a la clase alta y dotada de una imaginación portentosa, y que sufre graves problemas afectivos derivados de una enfermedad cardíaca, cuya consecuencia física es una enorme cicatriz en el pecho. Sin embargo, muy pronto percibimos que el verdadero peligro reside dentro de las murallas, en el aparentemente tranquilo barrio residencial llamado, irónicamente, Camelot Gardens, donde habita la pequeña Devon (una soberbia Mischa Barton), rodeada de toda una gama de personajes mezquinos, empezando por sus propios padres, que basan sus relaciones personales en la ostentación, la imagen y el prestigio (de ahí que los padres de la protagonista la fuerzen a recorrer el vecindario, vendiendo galletitas para una causa caritativa, con el único propósito de integrarla en la comunidad).
Un día, la pequeña Devon se adentra en el bosque y conoce a Trent (excepcional Sam Rockwell, al que pudimos ver interpretando al personaje asilvestrado de Box of Moonlight), un joven jardinero de clase baja que se dedica a cortar el césped de las casas del barrio residencial, y que es tratado con absoluto desprecio y desconfianza por los habitantes del mismo. Entre ambos comienza a gestarse una hermosa relación de amistad y mutua fascinación, observable en cada uno de los gestos y miradas que se dedican el uno al otro, que no será bien visto por una hipócrita sociedad de la que se sienten absolutamente desplazados.
Gran parte del mérito de la película reside en el extraordinario guión firmado por Naomi Wallace (y premiado en el festival de Sitges), en el que se describe admirablemente ambientes (que en ocasiones recuerdan bastante a Eduardo Manostijeras, la obra maestra de Tim Burton, con sus jardines, sus casitas de ensueño, sus barbacoas…) y personajes, entre los que yo destacaría al vigilante del barrio (con ínfulas de John Wayne), a los repugnantes niñatos ricos (uno de ellos, no sólo mantiene relaciones con la madre de la protagonista, sino que, encima, intenta abusar sexualmente de esta última) y, sobre todo, al padre de Trent, un auténtico despojo social, que guarda con escrupuloso celo las banderas estadounidenses de sus compañeros muertos durante la Guerra de Corea… Todo ello situado en el contexto político de la Guerra del Golfo, vivida a conveniente distancia, desde sus televisores, por la acomodaticia comunidad de Camelot Gardens, que no es más que un reflejo levemente distorsionado de la mentalidad de clase media yanqui.
Pero, sin duda, lo más atractivo del film es la intensidad emocional con que se afronta la complejísima relación entre la niña y el jardinero, cuyo referente inmediato puede hallarse en la magnífica Viento en las velas, de Mackendrick (concretamente a la relación entre la pequeña Deborah Baxter y el maduro pirata interpretado por Anthony Quinn), y que en ambos casos acarrean consecuencias trágicas. Una relación que el director trata de mostrarnos sin concesiones al morbo, algo muy difícil de conseguir, teniendo en cuenta el considerable impacto social que los últimos casos reales de pederastia han suscitado.
Echo en falta, sin embargo, más momentos mágicos (como la escena de la niña aullando en la azotea, el cuento infantil que sirve de eje a la historia, o la increíble huida final del joven Trent), aunque esta carencia se compense con detalles ciertamente surrealistas (el atroz chavalín, cuyos vandálicos actos recaen, injustamente, en el jardinero, o la escena de la niña protagonista orinando sobre el parabrisas del coche). Sin olvidar, por supuesto, la cálida y cristalina mirada de Mischa Barton (¡un pedazo de actriz!) capaz de conmover hasta a las mismísimas piedras. ¡¡¡Amo a esta niña!!!
Hugo Flores
Fenomenal nueva incursión de Jim Sheridan en un tema que tan bien conoce como es el terrorismo y sus trágicas consecuencias, no sólo físicas o políticas, sino además en el de la frágil convivencia, cercana al caos, de quienes son su objeto y sujeto, en este caso, católicos y protestantes del Ulster, y las, entonces, pocas, más bien escasas probabilidades de alcanzar la tan deseada paz en dicha zona.
Esta vez, sin embargo, Sheridan ha optado por afrontar este difícil tema con vocación nada localista, sino más bien al contrario: tratando de que su personal apuesta por la paz llegue a todos aquellos lugares sacudidos por la violencia terrorista y por el clima de permanente confrontación, en el que no cabe actitudes neutrales o conciliadoras.
En este sentido, la historia del boxeador, antiguo militante del IRA, que sale de la cárcel para rehacer su vida, recuperar sus sueños frustrados por la ceguera fundamentalista, y, de paso, aportar su granito de arena a la solución pacífica de un conflicto estéril, inútil, del que es imposible que salgan vencedores y vencidos, en el que todos son víctimas y verdugos potenciales, puede trasladarse perfectamente a la realidad del País Vasco, Argelia, el Kurdistán o los Balcanes, por poner varios ejemplos.
La formidable contraposición entre un deporte, el boxeo, donde la violencia se ajusta a unas determinadas normas, y el terrorismo, que no tiene reglas prefijadas, que carece de toda lógica, que se nutre del caos a la vez que lo genera; la búsqueda de un mínimo resquicio de felicidad y amor en condiciones poco o nada favorables, y la necesidad imperiosa de romper con el pasado, son las motivaciones que llevan al protagonista, el siempre excelente Daniel Day-Lewis, a enfrentarse cara a cara, con algún que otro titubeo, a la siniestra realidad de su pueblo. Un pueblo dividido incluso físicamente (los muros que separan la zona católica de la protestante) en dos bandos exclusivistas en los que no parece haber lugar para disensiones (significativo el hecho de que las mujeres de los presos del IRA estén obligadas a guardar absoluta fidelidad y a apoyar en todo momento a sus maridos, y estén sometidas a una férrea vigilancia disciplinaria por parte de la organización). En este contexto, el boxeo cumple una función integradora, consiguiendo el pequeño milagro de unir en un gimnasio a los dos bandos cantando al unísono el “Danny Boy”, en la que, probablemente, es la escena más emotiva de la película. Mientras que la relación entre el protagonista y la hija de un alto dirigente del IRA (la sencillamente maravillosa Emily Watson), casada (con un preso) y con un hijo que ha de escoger entre el boxeo y la lucha armada, aporta una nota de esperanza, confirmada en parte por la posibilidad de un alto el fuego (aunque no faltará quien pretenda torpedearlo por pura venganza o por desconfianza), y por un desenlace abierto, quizás demasiado optimista, pero indiscutiblemente hermoso.
Esta es la gran ventaja del cine sobre la vida, ¿no es cierto?.
Hugo Flores
Películas previas