Películas clasificadas como 'drama'

Eyes Wide Shut: Noche de ronda

Precedido por un excesivo e inmerecido morbo, el film póstumo de ha sido considerado como el segundo gran acontecimiento cinematográfico del año, tras el irresistible y polémico Episodio 1 de Star Wars, con idénticos resultados en cuanto a valoración de crítica y público se refiere, no así en cuanto al éxito comercial, pese a las expectativas y el atractivo reparto, encabezado por la pareja más sexy y poderosa de Hollywood en el momento: y Nicole Kidman, o viceversa.

Eyes Wide Shut no ha satisfecho a los que esperaban un film casi pornográfico, ni siquiera a los fans más fieles de la pareja protagonista. Todavía menos a los admiradores del talento obsesivo, enfermizamente matemático y perfeccionista de su director, tal vez esperando un definitivo testamento, una especie de canto del cisne, y no una película más de su filmografía. Resulta, pues irónico que, precisamente yo, que pocas veces he comulgado con la particular visión creativa de Kubrick, a quien he tachado siempre de divo arrogante, siendo objetivo, e incluso siendo subjetivo, califique su última creación como obra maestra, pero no tengo otro remedio.

Estamos ante un film duro, sin concesiones, crudo en el contenido, más que en la forma, atravesado de parte a parte por una atmósfera pesimista frente a la condición humana y su plasmación en la vida en pareja, el matrimonio, la familia, los clichés y tópicos que siglos de evolución apenas han variado, y que no esconden sino una complaciente hipocresía, en una desesperada búsqueda de la seguridad frente a los fantasmas del sexo y la muerte, que como pesadillas sacuden nuestra conciencia y remueven nuestros instintos. En Eyes Wide Shut, el sexo y la violencia más lacerantes no se muestran públicamente a través de las imágenes, sino que fluyen con las palabras, con los memorables diálogos con los que el director desnuda y disecciona a los protagonistas, envueltos en un escenario plagado de lugares, personajes y situaciones surrealistas, como si Buñuel y hubiesen intercambiado su sabiduría en la compleja materia gris de Kúbrick, quien, por otra parte, ha encontrado su complemento ideal, su Mankiewicz particular en el excelente guionista Frederic Raphael (responsable, entre otros, del ejemplar guión de Dos en la carretera, de Stanley Donen), quien logra trasladar, con evidente credibilidad, la, en su día, perturbadora Traumnovelle, del austríaco, contemporáneo de Freud, (cuya novela más célebre sea, merecidamente, La Ronda, llevada al cine por Ophüls y que guarda evidentes paralelismos con el film de Kubrick) al Nueva York actual, patria de la nueva Babilonia y, por ende, de todos los vicios, neuras y obsesiones de nuestro tiempo.

No resulta extraño que Kubrick pensara en un primer momento en como protagonista de la historia, pues esta refleja con milimétrica precisión los grandes temas del genio de Brooklyn, y hubiese dado, de paso, mayor textura al cínico, negro y soterrado sentido del humor que impregna el film, pese a la lentitud, para algunos, exasperante de la puesta en escena. Pero, acertadamente, ha preferido contar con un matrimonio real, joven y afamado, paradigma del “American Way Of Life“, lo que, sin duda, acrecienta la sensación de desesperanza en el espectador, llegándose, a través de ella, a un genuino terror, el que parte de nuestros miedos más profundos y racionales, en especial aquellos que tienen que ver con nuestra vida sexual, monógama por imposiciones sociales, culturales y religiosas. No es casual, por tanto, la fijación del film en el número dos, el número de ocasiones que suele repetirse cada situación (como la visita a la tienda de disfraces, o a la mansión situada en pleno bosque), reiteración como metáfora existencial, reiteración acentuada por el machacante piano que acompaña las secuencias más inquietantes, capaz de dejar al espectador menos preparado al borde de un ataque de nervios. Es la forma, extraña, que tiene Kubrick de jugar con nosotros, de hacernos partícipes de la pesadilla que ha creado. Hasta que, al final, nos da la clave que resuelve el problema, devolviéndonos a un punto de partida impreciso y, por lo tanto, abierto. Dicha clave la resume muy claramente : ¡follar!. De este sencillo acto depende muchas veces la estabilidad y el equilibrio emocional de dos personas que se aman.

Amén.

Comentar Hugo Flores

La Vida es Bella: Sacrificio

En primer lugar, no aspiro a ser quien zanje definitivamente el espinoso tema de si es factible hacer comedia de un asunto tan serio como es la Shoah (lo que comúnmente denominamos Holocausto Judío). Y no soy quien, sencillamente, por que no he conocido el inmenso sufrimiento que supuso para millones de seres humanos el exterminio nazi.

Sí puedo decir, siempre a modo de opinión personal, que no he encontrado nada en La Vida es Bella que pueda resultar ofensivo contra lo que significó aquella tragedia. Si la película no refleja la realidad de aquellos hechos de modo absolutamente fiel, tal vez sea por que , al igual que el protagonista, quien protege a su pequeño, ocultándole con mentiras y cuentos el terrible drama que están viviendo dentro de un campo de exterminio nazi, sacrifica esa realidad, disfrazándola a modo de fábula (algo que nos deja muy claro al principio de la película), apelando, si duda, a lo poco, tal vez, poquísimo, que nos queda de inocencia a los espectadores. Me parece, de ser esa su intención, un hermoso gesto por su parte.

De todos modos, cabría decir que, si bien la primera mitad del film, la que narra el encuentro y conquista de una bella dama de familia acomodada (la muy expresiva ) por un sencillo y dicharachero camarero judío, en pleno apogeo fascista en Italia, sigue los dictados de la clásica comedia italiana, con homenaje incluido a Fellini y De Sica, salpicada con detalles surrealistas y bufonescos, la segunda mitad adquiere unos tintes tragicómicos como hacía años que no se veían. Esa mezcla de sensibilidad, sentimiento y amor por la vida hace que el espectador salga del cine con una extraña sensación agridulce, conmovido por el inmenso sacrificio del protagonista (genial, pese a su histrionismo, Roberto Benigni), y contento porque esa apuesta por la inocencia se ve finalmente jalonada por una salvación, no completa, pero sí todo lo feliz que podía ser, dadas las circunstancias.

Sería muy difícil escoger un momento destacable de la película, ya que está lleno de instantes memorables, pero esa última mirada del padre a su hijo, esa última payasada antes del desenlace, hacen que pagar por ver esta joya no sólo no constituya un sacrificio, sino que para mí supuso un regalo inolvidable. La vida es bella porque es única. Gracias, Roberto, de todo corazón.

Comentar Hugo Flores

City of Angels: Postales y estampitas

Las comparaciones no siempre son odiosas… A veces resultan necesarias.

En el caso de City of Angels, las comparaciones con Cielo sobre Berlín, de son forzosas, aunque un servidor ha llegado a pensar que resultaría inútil ponerse a buscar similitudes (las hay, aunque bien pocas) y diferencias (bastante evidentes); simplemente invitaría al espectador a visionar ambas películas de forma consecutiva, y si no es capaz de llegar a las mismas conclusiones que yo, una de dos: o dicho espectador ha sido afectado por una sobredosis de Coca-Cola y palomitas de maíz, o es que, definitivamente, no sirvo para esto de la crítica.

No voy a entrar en si ésta es mejor o peor (allá cada cual con sus gustos), pero que alguien me explique qué carajo tiene que ver el existencialismo y la visión humanista, no ya de un Berlín, sino de toda una Europa en vísperas de la caída de comunismo (con la consecuente crisis de ideales), de la -lo reconozco- discutible obra de Wenders, con el cruce de postalitas, estética MTV, melodrama sobrenatural lacrimógeno y consignas de cura de parroquia de barrio que practica el tal , director cuyo mayor “logro” hasta la fecha había sido dirigir Casper.

Y ya que estamos, ¿alguien puede decirme por qué todo el mundo, incluidos y , pone cara de imbécil en esta película? ¿Acaso los ángeles de Los Ángeles, además de vestir como vampiros de diseño y no cambiarse de ropa, se dedican al tráfico y consumo de éxtasis?

Menos mal que, al menos, el final de la “peli” no es el típico desenlace sensiblero y feliz, ¡todo un hallazgo, por fin!. Ya hubiese sido el colmo.

Por cierto, la canción de los títulos de crédito finales me gustó mucho. Tal vez haya que recomendar el CD.

Comentar Hugo Flores

El Dulce Porvenir: El flautista de Hamelín

Extraño y complejo film, basado en la difícil novela de , a la que , director, entre otras, de la muy sugerente Exótica, ha dotado de una nueva dimensión, logrando un film personal, muy en la linea de sus últimos trabajos, alejándose casi definitivamente de la frialdad glacial de sus primeras películas.

Teniendo como eje central un terrible accidente de autobús, en el que mueren todos los niños de un pueblo, así como sus consecuencias, y partiendo del clásico de Andersen “El flautista de Hamelin”, aludido expresamente en el film, Atom Egoyan escarba en el dolor y el sentimiento de pérdida de familiares y supervivientes de la tragedia, guiado por un abogado (impresionante ) oportunista y manipulador (un personaje muy similar al de El liquidador, del propio Egoyan), atormentado, a su vez, por la “pérdida” de su hija, adicta a las drogas, quien trata de encauzar la ira de los habitantes del pueblo, y su necesidad de encontrar un culpable, con el fin de demandar a la empresa de transportes propietaria del autobús accidentado. La determinación de mirar al futuro, de comenzar de nuevo, acabará, sin embargo imponiéndose, gracias, sobre todo, a la decisiva intervención de una de las supervivientes (inquietante ), a quien las consecuencias tanto físicas como emocionales del accidente le harán replantearse su existencia, especialmente en lo que concierne a su relación -de tintes incestuosos- con su padre.

El inmejorable tratamiento del guión (nominado, al igual que el director, al Oscar), con continuos “saltos” en el tiempo, que dotan al film de una estructura compleja, fragmentada, a la par que sólida, sin fisuras; la forma en que este profundiza en el alma de los personajes, desnudándolos al completo, hace que aparezcan ante nosotros como personas reales, no como meras ficciones, concediendo, de este modo, al espectador una condición de “voyeur”, de testigo de excepción del dolor y los traumas de los habitantes de ese pequeño y triste pueblo sin niños, sin risas, sin inocencia, que, sin embargo, no tendrá más remedio que mirar hacia el dulce e incierto porvenir, para liberarse definitivamente de sus fantasmas.

Paradójicamente, la principal virtud de Egoyan, como realizador, constituye, probablemente, su mayor defecto. Y es que el film, desde su comienzo, acusa un cierto afán por parte del director de destacar por encima de la propia historia, empleando para ello una realización tan indiscutiblemente brillante como deliberadamente forzada, calculadamente virtuosa. Ello no quita, por supuesto, que consideremos a El dulce porvenir como una gran película, una de las mejores, a mi juicio, de la década. Al fin y al cabo, nadie es perfecto, y toda obra maestra que se precie tiene sus pequeños peros, ¿o no?

Comentar Hugo Flores

Inocencia Rebelde: Sin barreras

Hermoso y sugerente film cuyo argumento parte de un cuento de hadas (en el que no falta la malvada bruja del bosque, situado al otro lado de las murallas que protegen la aldea donde habita una bella princesita junto a su familia) contado por la protagonista, una niña de diez años perteneciente a la clase alta y dotada de una imaginación portentosa, y que sufre graves problemas afectivos derivados de una enfermedad cardíaca, cuya consecuencia física es una enorme cicatriz en el pecho. Sin embargo, muy pronto percibimos que el verdadero peligro reside dentro de las murallas, en el aparentemente tranquilo barrio residencial llamado, irónicamente, Camelot Gardens, donde habita la pequeña Devon (una soberbia ), rodeada de toda una gama de personajes mezquinos, empezando por sus propios padres, que basan sus relaciones personales en la ostentación, la imagen y el prestigio (de ahí que los padres de la protagonista la fuerzen a recorrer el vecindario, vendiendo galletitas para una causa caritativa, con el único propósito de integrarla en la comunidad).

Un día, la pequeña Devon se adentra en el bosque y conoce a Trent (excepcional , al que pudimos ver interpretando al personaje asilvestrado de Box of Moonlight), un joven jardinero de clase baja que se dedica a cortar el césped de las casas del barrio residencial, y que es tratado con absoluto desprecio y desconfianza por los habitantes del mismo. Entre ambos comienza a gestarse una hermosa relación de amistad y mutua fascinación, observable en cada uno de los gestos y miradas que se dedican el uno al otro, que no será bien visto por una hipócrita sociedad de la que se sienten absolutamente desplazados.

Gran parte del mérito de la película reside en el extraordinario guión firmado por (y premiado en el festival de Sitges), en el que se describe admirablemente ambientes (que en ocasiones recuerdan bastante a Eduardo Manostijeras, la obra maestra de , con sus jardines, sus casitas de ensueño, sus barbacoas…) y personajes, entre los que yo destacaría al vigilante del barrio (con ínfulas de ), a los repugnantes niñatos ricos (uno de ellos, no sólo mantiene relaciones con la madre de la protagonista, sino que, encima, intenta abusar sexualmente de esta última) y, sobre todo, al padre de Trent, un auténtico despojo social, que guarda con escrupuloso celo las banderas estadounidenses de sus compañeros muertos durante la Guerra de Corea… Todo ello situado en el contexto político de la Guerra del Golfo, vivida a conveniente distancia, desde sus televisores, por la acomodaticia comunidad de Camelot Gardens, que no es más que un reflejo levemente distorsionado de la mentalidad de clase media yanqui.

Pero, sin duda, lo más atractivo del film es la intensidad emocional con que se afronta la complejísima relación entre la niña y el jardinero, cuyo referente inmediato puede hallarse en la magnífica Viento en las velas, de Mackendrick (concretamente a la relación entre la pequeña Deborah Baxter y el maduro pirata interpretado por ), y que en ambos casos acarrean consecuencias trágicas. Una relación que el director trata de mostrarnos sin concesiones al morbo, algo muy difícil de conseguir, teniendo en cuenta el considerable impacto social que los últimos casos reales de pederastia han suscitado.

Echo en falta, sin embargo, más momentos mágicos (como la escena de la niña aullando en la azotea, el cuento infantil que sirve de eje a la historia, o la increíble huida final del joven Trent), aunque esta carencia se compense con detalles ciertamente surrealistas (el atroz chavalín, cuyos vandálicos actos recaen, injustamente, en el jardinero, o la escena de la niña protagonista orinando sobre el parabrisas del coche). Sin olvidar, por supuesto, la cálida y cristalina mirada de Mischa Barton (¡un pedazo de actriz!) capaz de conmover hasta a las mismísimas piedras. ¡¡¡Amo a esta niña!!!

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