American Beauty: La última revolución

Hace algún tiempo que el cine estadounidense, en especial, el que se realiza al margen de las grandes productoras, viene demostrando una actitud autocrítica con respecto a los valores que actualmente imperan en la sociedad de consumo, lo que cínicamente se conoce como sociedad del bienestar, y que no es sino una universalización de la vieja panacea del “sueño americano”, adaptada a estos tiempos de globalización y de lo políticamente correcto. Esta actitud crítica, llevada a su máxima expresión en películas como la excelente Happiness, de Todd Solondz, o Short Cuts, la indiscutible obra maestra de Robert Altman (por no mencionar, en conjunto, los últimos trabajos de Woody Allen, desde la ejemplar Delitos y Faltas a la catártica Celebrity), no ha sido, sin embargo, recompensada, hasta ahora, por el favor del público, y mucho menos con el de la Industria, recelosa de estas actitudes poco menos que subversivas.

Por tanto, resulta, cuanto menos, curioso que haya sido Steven Spielberg, auténtico baluarte del cine entendido como negocio, quien ha levantado la veda, autoimpuesta por las Majors de Hollywood, sobre este tipo de películas, apostando firmemente, a través de la cada día más poderosa Dreamworks, por un arriesgado guión del dramaturgo y guionista televisivo Allan Ball, y por un director debutante, Sam Mendes, nombre vinculado hasta hace poco con adaptaciones teatrales de indudable éxito, como la nueva versión de Cabaret, o la polémica The Blue Room, encargado de trasladar a la pantalla una hermosa historia de reivindicación de los valores propios, frente a los valores impuestos por la dictadura social-consumista, basados en la competencia, el éxito y la apariencia, como únicas forma de realización personal. Uno de los más fascinantes alegatos a favor de la búsqueda de la belleza que se han visto en los últimos tiempos, fuera, como ya he comentado, de los circuitos de cine independiente.

Siguiendo el rastro de producciones míticas, como la imperecedera Sunset Boulevar, de Billy Wilder, American Beauty cuenta la historia de un patético hombrecillo de clase media acomodada, cuya vida, aparentemente, podría considerarse como perfecta, con una lujosa casa situada en un bello complejo residencial, un trabajo más que digno, una mujer hermosa y autorrealizada profesionalmente, y una hija adolescente con los clásicos problemas de inconformismo e incomunicación que todos vivimos a esas edades, quien , sin embargo, un día decide replantear toda su vida y su relación con un entorno profesional y afectivo que no le satisface, a raíz, sobre todo, del descubrimiento de la belleza, encarnada en la jovencísima amiga de su hija, una especie de Lolita, provocativa, aunque ingenua, y superficial en cuanto a sus valores morales y sus metas personales, y del encuentro con su nuevo vecino, un joven traficante de drogas, enamorado de la hija de del protagonista, y obsesionado con capturar instantes de belleza a través de su pequeña cámara de vídeo (magnífica la secuencia en la que, emocionado, le muestra a su vecina la filmación de una bolsa de plástico revoloteando con el viento), como única vía para escapar de una realidad atroz, con una madre en perpetuo estado de semi-autismo y un padre neonazi, tiránico, intolerante, represor y reprimido, violento, muy violento, a ratos, y con el que mantiene una relación cuasi militar.

El despertar del protagonista es brutal. Descubre que su mujer, quien no piensa más que en el éxito profesional y en mantener su estatus social por encima de todo y de todos, le odia, así como su hija, quien le considera como un ser patético al que habría que sacrificar por lastima; que en su trabajo él simplemente es una pieza más, sustituible, si viene al caso, en el engranaje, jerárquicamente constituido, de una máquina de hacer dinero y que sólo busca maximizar el beneficio económico del que sólo unos pocos serán partícipes, que el mayor momento de felicidad diaria se lo proporciona la masturbación en la ducha, y que la verdadera felicidad sólo parece alcanzable por aquellos que, de algún modo, rompen con lo establecido, como la pareja de vecinos que no oculta su condición homosexual. Incluso él se odia a sí mismo, odia como es, física y espiritualmente (la identificación entre el culto al cuerpo y la mejora del espíritu es una constante en el pensamiento occidental, una reminiscencia de la cultura grecorromana), y decide poner remedio a todo ello, recuperando los valores que le inspiraron en su juventud, antes de que se asentara en el sistema. Se auto-expulsa de su trabajo de la manera más radical, chantajeando y poniendo a caldo a sus jefes, empleándose, a cambio, como dependiente en un local de comida basura, redescubre el beneficio del ejercicio físico y el placer de un buen canuto de “maría”, recupera su autoestima frente al desprecio de su familia, pero, como en una siniestra maniobra del destino, apenas tendrá tiempo de disfrutarlo. El colofón final, para algunos, acomodaticio, para otros, entre los que me incluyo, una apuesta clara por la afirmación del individuo (que contrasta con el afán absoluto de negación presente en algunas de las películas antes mencionadas, en especial, Happiness, con la que injustamente se ha comparado esta American Beauty) hacia la que no cabe ningún reproche.

Lo más destacable del film consiste en que, sin olvidar donde se encuentra el epicentro de la historia, Sam Mendes construye y resuelve, con inusual maestría, las diversas historias convergentes, como la relación de la hija del protagonista con su amiga, objeto de deseo, y con el joven vecino, hacia el que el guión parece mostrar un gran cariño, o la particular búsqueda de la felicidad de la mujer, aunque por derroteros totalmente opuestos a los del protagonista y narrador. Así como una perfecta descripción de la atmósfera inquietante, contrapunto al tono general de comedia, que envuelve a la familia del joven traficante, sin olvidar al resto de personajes que completan un cuadro mordaz, cruel y, a la vez, refrescante, del auténtico American Way Of Life, apoyado, claro está, en unas soberbias interpretaciones, destacando un inconmensurable Kevin Spacey y una recuperadísima Annette Bening. Mención especial merece la gran revelación del film, el estupendo Wes Bentley, capaz de sacarle todo el jugo a una mirada indescriptible en cuanto a su profundidad, así como la espléndida fotografía del maestro Conrad L. Hall, que combina a la perfección la sensualidad onírica de unos pétalos de rosas (las que dan el nombre a la película) con la sorprendente hermosura y autenticidad que desprende el formato vídeo en escenas cruciales, como la antes mencionada de la bolsa de plástico o el desnudo parcial de Thora Birch.

La última revolución está en marcha. Nos dice que busquemos la belleza, pero que no nos aferremos demasiado a ella, porque no es una ni unívoca, cada instante es precioso y no podemos perdérnoslo. Así pues, estad atentos.

Comentar Hugo Flores

Desmontando a Harry: Bajada a los infiernos

Una vez más, los cinéfilos de pro están de enhorabuena. El genial director judío Woody Allen vuelve a sorprendernos con un “más difícil todavía” en esta ácida comedia, quizás no tan brillante como su anterior Todos dicen I love you, pero sí mucho más acorde con las naturales obsesiones de su director (el sexo, el psicoanálisis, la religión, la muerte…).

El título original, mal traducido al castellano, alude de manera irónica a la corriente teórica encabezada por el filósofo francés Jacques Derriba, según la cual, antes de iniciar el estudio de una obra o, en el plano psicoanalítico, de la personalidad de un individuo, es necesario descomponerlo en piezas, es decir, hay que “deconstruirlo”. Así, ya desde el comienzo, Woody Allen nos introduce en una narración fragmentada, caótica, llena de falsos “raccords”, de un montaje deliberadamente repetitivo y salteado, cuando se trata de presentar al personaje principal, un escritor, Harry (Woody Allen), “alter ego” del propio director, mujeriego, ateo, pastillómano, alcohólico y manipulador, y su entorno afectivo, sus ligues, s us relaciones emocionales, más bien poco estables… En definitiva, un ser patético, de existencia frustrada, que sólo encuentra redención a través de su obra, claramente inspirada en sus experiencias personales, y que Woody diferencia claramente a través de una realización más sobria, un montaje menos arriesgado, sin escatimar recursos fantasiosos (como en el sensacional episodio del actor desenfocado, interpretado por Robin Williams, o el delirante banquete judío con estética de La Guerra de Las Galaxias), culminado por un descenso a los infiernos, donde hallará al mismísimo demonio encarnado por su mejor amigo (un taimado Billy Crystal), que está a punto de casarse con su última conquista (la bellísima Elisabeth Shue). La excusa argumental que Allen aprovecha para diseccionar al protagonista y a quienes le rodean (hasta 35 personajes tiene la historia, todos ellos magistralmente interpretados por un sensacional reparto de lo más ecléctico: Judy Davis, Kirstie Alley, Richard Benjamin, Eric Bogosian, etc.) es un homenaje que el escritor recibirá por parte de la misma universidad que, tiempo atrás, le expulsó, y al que Harry teme ir sólo, debido al poco caballeroso comportamiento que ha mantenido con familiares, amigos, ex-esposas y ex-amantes. Por ello recurre a los servicios de una prostituta negra (magnífica Hazelle Goodman, la primera actriz afro-americana que protagoniza un film de Allen), consigue convencer a un amigo y, a última hora, secuestra a su propio hijo.

El encuentro con su hermana, casada con un ortodoxo judío (circunstancia utilizada para arremeter contra el fundamentalismo y exclusivismo religiosos), y la repentina muerte de su amigo marcarán el viaje, claramente inspirado en Fresas Salvajes, de Ingmar Bergman, la película favorita de Allen. Un viaje exterior que es, al mismo tiempo, un viaje hacia el interior del protagonista, hacia sus propias obsesiones, defectos y frustraciones, una encerrona en la cárcel del alma, convertida en calabozo policial del que Harry extrae una bella enseñanza: que la felicidad consiste en estar vivo, y que, en su caso, su obra es lo que da sentido a su vida. Un último encuentro con sus personajes y con su creación (emotivo homenaje al maestro Fellini) devuelve al protagonista para la inspiración suficiente para escapar, momentáneamente, del infierno creativo y personal al que parece condenado. Todo un colofón brillante para esta excepcional comedía, que muy bien habrían podido firmar Lubitsch o Wilder, y que constituye un ejemplo más del fenomenal estado de forma en que se encuentra Woody Allen. ¡¡¡Qué no decaiga!!!.

Comentar Hugo Flores


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