Vampiros: Homenaje a Hawks

Aunque a algunos les pueda sonar a Abierto hasta el amanecer, casi podría jurar que la piedra filosofal a partir de la cual el inefable John Carpenter ha elaborado Vampiros ha sido la obra de Howard Hawks, tanto en la definición de personajes, que enlazan directamente con los antihéroes personificados en el misógino Bogart y el facha Wayne, como en la descripción de ambientes (Carpenter obvia toda estética gótica y plantea un western al más puro estilo Río Conchos) y situaciones (el claro homenaje a ¡Hatari! de la secuencia inicial, o las frecuentes salidas de contexto durante los diálogos, casi siempre excesivos en su elocuencia). Lo que no quita que, ante todo, Vampiros sea una obra personal, pues Carpenter no plagia, simplemente se presta a influencias, pues, como buen cineasta, sabe que, en cuestión de cine, todo está inventado.

Vampiros es, además, un verdadero ejercicio de contención estilística, en el que domina la claridad expositiva y la economía del trazo frente al abuso visual de las superproducciones, lo que otorga al film un cierto aire “out-side”, sin pretensiones de ningún tipo, que, junto a su vocación de serie B bien entendida (con lógicas concesiones al gore), pueden elevarla a la categoría de culto.

A mí, personalmente, se me hizo pelín larga, reiterativa y, pese a su prometedor comienzo, un tanto predecible. A destacar la más que acertada elección de los actores, en especial de un James Woods en su salsa, y una modesta, aunque muy efectiva, banda sonora compuesta por el propio director.

Pero, sin duda, lo que más agradezco del film es que no haría falta más de dos o tres párrafos para comentarlo. Es la ventaja de los directores que no renuncian al cine de siempre: que dejan las cosas muy claras para que los demás no nos comamos el coco descifrando su intríngulis. Cazavampiros que buscan a vampiros que, a su vez, buscan la reliquia que les permitirá sobrevivir a la luz del día, eso es todo. Y ya es mucho.

Comentar Hugo Flores

Inocencia Rebelde: Sin barreras

Hermoso y sugerente film cuyo argumento parte de un cuento de hadas (en el que no falta la malvada bruja del bosque, situado al otro lado de las murallas que protegen la aldea donde habita una bella princesita junto a su familia) contado por la protagonista, una niña de diez años perteneciente a la clase alta y dotada de una imaginación portentosa, y que sufre graves problemas afectivos derivados de una enfermedad cardíaca, cuya consecuencia física es una enorme cicatriz en el pecho. Sin embargo, muy pronto percibimos que el verdadero peligro reside dentro de las murallas, en el aparentemente tranquilo barrio residencial llamado, irónicamente, Camelot Gardens, donde habita la pequeña Devon (una soberbia Mischa Barton), rodeada de toda una gama de personajes mezquinos, empezando por sus propios padres, que basan sus relaciones personales en la ostentación, la imagen y el prestigio (de ahí que los padres de la protagonista la fuerzen a recorrer el vecindario, vendiendo galletitas para una causa caritativa, con el único propósito de integrarla en la comunidad).

Un día, la pequeña Devon se adentra en el bosque y conoce a Trent (excepcional Sam Rockwell, al que pudimos ver interpretando al personaje asilvestrado de Box of Moonlight), un joven jardinero de clase baja que se dedica a cortar el césped de las casas del barrio residencial, y que es tratado con absoluto desprecio y desconfianza por los habitantes del mismo. Entre ambos comienza a gestarse una hermosa relación de amistad y mutua fascinación, observable en cada uno de los gestos y miradas que se dedican el uno al otro, que no será bien visto por una hipócrita sociedad de la que se sienten absolutamente desplazados.

Gran parte del mérito de la película reside en el extraordinario guión firmado por Naomi Wallace (y premiado en el festival de Sitges), en el que se describe admirablemente ambientes (que en ocasiones recuerdan bastante a Eduardo Manostijeras, la obra maestra de Tim Burton, con sus jardines, sus casitas de ensueño, sus barbacoas…) y personajes, entre los que yo destacaría al vigilante del barrio (con ínfulas de John Wayne), a los repugnantes niñatos ricos (uno de ellos, no sólo mantiene relaciones con la madre de la protagonista, sino que, encima, intenta abusar sexualmente de esta última) y, sobre todo, al padre de Trent, un auténtico despojo social, que guarda con escrupuloso celo las banderas estadounidenses de sus compañeros muertos durante la Guerra de Corea… Todo ello situado en el contexto político de la Guerra del Golfo, vivida a conveniente distancia, desde sus televisores, por la acomodaticia comunidad de Camelot Gardens, que no es más que un reflejo levemente distorsionado de la mentalidad de clase media yanqui.

Pero, sin duda, lo más atractivo del film es la intensidad emocional con que se afronta la complejísima relación entre la niña y el jardinero, cuyo referente inmediato puede hallarse en la magnífica Viento en las velas, de Mackendrick (concretamente a la relación entre la pequeña Deborah Baxter y el maduro pirata interpretado por Anthony Quinn), y que en ambos casos acarrean consecuencias trágicas. Una relación que el director trata de mostrarnos sin concesiones al morbo, algo muy difícil de conseguir, teniendo en cuenta el considerable impacto social que los últimos casos reales de pederastia han suscitado.

Echo en falta, sin embargo, más momentos mágicos (como la escena de la niña aullando en la azotea, el cuento infantil que sirve de eje a la historia, o la increíble huida final del joven Trent), aunque esta carencia se compense con detalles ciertamente surrealistas (el atroz chavalín, cuyos vandálicos actos recaen, injustamente, en el jardinero, o la escena de la niña protagonista orinando sobre el parabrisas del coche). Sin olvidar, por supuesto, la cálida y cristalina mirada de Mischa Barton (¡un pedazo de actriz!) capaz de conmover hasta a las mismísimas piedras. ¡¡¡Amo a esta niña!!!

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