Evasión en la granja: ¿A quién llamas gallina?

Siguiendo la estela de John Lasseter, pero recurriendo a la clásica animación con plastilina (y látex) desarrollada con la técnica, tan antigua como el cine mismo, del “stop-motion”, Nick Park y Peter Lord, multipremiados creadores de la factoría británica Aardman, en especial, de sus dos criaturas más entrañables: Wallace y Gromit, han abordado uno de los trabajos más ambiciosos y espectaculares de los últimos años. Un film sobre gallinas que bebe de las fuentes de grandes clásicos del cine bélico, subgénero de evasiones, que tiene a La Gran Evasión como auténtico “alma mater”, pero que es un compendio de sabiduría cinematográfica, que abarca desde Orson Welles, con sus impactantes “travellings” y contrapicados, hasta guiños hacia éxitos más o menos recientes (En Busca del Arca Perdida, E.T. e incluso Bichos), pero apostando, tal vez demasiado, por un tono abiertamente infantil, en comparación con sus laureados cortos.

Evasión en la Granja se ve con simpatía, si se hace desde la ingenuidad, entendiéndola en el buen sentido. No cabe esperar, por tanto, momentos realmente originales o una profundidad manifiesta en la descripción de los personajes, sino que el espectador ha de dejarse arrastrar por la tremenda potencia visual y expresiva que nos ofrece los animadores o por la eficacia de la historia, pese a lo trillado del guión. Por descontado, el film no logra la brillantez de Wallace y Gromit, pero si lo comparamos con el común de los estrenos y tenemos en cuenta que su duración hizo mucho más complicada su gestación, no cabe duda de que debemos incluirlo en el selecto grupo de las obras maestras, que, sin embargo, no es sino un aviso, un anticipo de lo que sus creadores pueden lograr en adelante, con argumentos más adultos.

Por último señalar que el elemento esencial del film es, a mi juicio, la confrontación entre dos maneras de ser tan diferentes y, en el fondo, tan parecidas, como la británica y la estadounidense, un componente que queda desdibujado irremediablemente en la versión doblada (pese a la presencia de dúo Gomaespuma en el mismo), en la que se pierde el placer de disfrutar, por ejemplo, de la personal voz que Mel Gibson pone al personaje de Rocky, el gallo protagonista. La ausencia de copias en versión original de películas de animación (algo parecido ha sucedido con South Park) sigue siendo un difícil handicap para quienes disfrutamos del cine sin complejos.

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Mimic: Los sueños de la razón producen monstruos

Con la llegada del fin del pasado milenio, se multiplicaron las películas que, de manera más o menos afortunada, trataban de explotar la psicosis colectiva y los temores apocalípticos que este acontecimiento provoca. Y qué mejor manera de hacerlo que recurriendo a los seres mejor dotados para la supervivencia a ambientes hostiles: los temidos, odiados y admirados insectos.

Partiendo de referentes tan clásicos como Byron, Polidori y la escuela romántica del siglo XVIII, con el Frankenstein de Mary W. Shelley como buque insignia, o Kafka y La Metamorfosis, obra cumbre del existencialismo, e inevitablemente influido por Them! (La humanidad en peligro) y, en general, por el cine de serie B de los 50 y sus parábolas sobre la guerra fría y la amenaza nuclear, el mejicano Guillermo del Toro (responsable de la estupenda Cronos, a mi juicio, uno de los mejores y más acertados acercamientos al vampirismo de todos los tiempos) construye un inquietante fresco gótico, en apariencia destinado al puro entretenimiento y al susto fácil, que alcanza, sin embargo, verdadera categoría de fábula moral al mostrarnos, en todo su indescriptible horror, las inquietantes contradicciones de nuestra sociedad fin de siglo, en la que conviven dos realidades brutalmente distintas, aunque yuxtapuestas, cuyos contornos y fronteras no están claramente definidos, avisándonos, de paso, sobre los peligros de la manipulación genética y la falta de un código ético que establezca claramente cuáles deben ser los límites de toda investigación científica.

La película se abre con unos magníficos títulos de crédito, en la línea de los de Seven (no en vano, ambos han sido diseñados por Kyle Cooper), en los que se nos muestra imágenes de toda clase de insectos insertados en alfileres, como sutil metáfora de la peculiar relación que durante siglos se ha establecido entre estos seres y los humanos, que acaban confundiéndose con fotos de niños enfermos sujetas con esos mismos alfileres, como si los papeles, de repente, se invirtieran. Varias voces “mediáticas” nos informan sobre una terrible enfermedad que está acabando con la población infantil de Nueva York y que, por ello, constituye una seria amenaza para la supervivencia de nuestra especie. A modo de introducción, una primera secuencia (claramente inspirada en Ciudadano Kane, de Orson Welles) nos presenta a los héroes -más bien, anti-héroes- de esta historia, dos científicos (Jeremy Northam y, sobre todo, una maravillosa Mira Sorvino en el papel de investigadora genética) que logran crear un agente genético, un repugnante bichejo llamado “judas” (el nombre lo dice todo), capaz de acabar con la principal causante de la infección: la cucaracha del subsuelo. Desgraciadamente, no calculan bien los efectos de este hallazgo y el asqueroso insecto comienza a evolucionar imitando la forma humana (el título, Mimic, alude al “mimetismo”: propiedad que poseen algunos seres animales o vegetales de cambiar de forma o color en un momento determinado, imitando incluso a sus posibles presas, o a sus depredadores), constituyéndose, así, en una amenaza mucho mayor que la enfermedad para cuyo remedio fue creado. Y, precisamente, aquellos mismos que causaron el problema habrán de vérselas y deseárselas para solucionarlo, teniendo que introducirse en un mundo hostil, ante el que, hasta entonces, habían permanecido indiferentes, recorriendo todo un entramado de metros, túneles y alcantarillas, hábitat natural del “judas” y refugio de mendigos, delincuentes y niños de la calle, los grandes olvidados de nuestra sociedad. Para tamaña empresa contarán con la inestimable ayuda de un sacrificado policía afro-americano, un anciano limpiabotas y su nieto, un niño autista (detalle significativo) que, no sólo es capaz de reconocer los zapatos por el sonido de sus pisadas, sino que, además, es el único que consigue comunicarse con Long John (el macho de la especie) y sus terribles huestes.

No faltan en Mimic, como en todo film apocalíptico que se precie, los elementos religiosos: La iglesia abandonada que sirve de entrada a la guarida de los “judas”, con un Cristo decapitado (Dios ha muerto -parece decirnos el director) y santos y vírgenes enfundados en plásticos (a modo de grotescos preservativos), el aspecto monjil de las criaturas y las innumerables cruces que aparecen a lo largo de la película. Destaca, además, la simbólica presencia de Frank Murray Abraham (Amadeus) en el papel de un científico moralista, quien, muy acertadamente, define a los “judas” como “pequeños monstruos de Frankenstein”.

Un magnífico guión, en el que, además del propio Guillermo del Toro y Matthew Robbins (El Dragón del Lago de Fuego), ha colaborado gente como John Sayles, Matthew Greenberg y Steven Soderbergh, el excelente trabajo fotográfico de Dan Lausten y una eficientísima labor de producción, por obra y gracia de Miramax, son otras de las claves que convierten a Mimic en uno de los más densos y ricos filmes de terror de los últimos tiempos, superando, con la mitad de presupuesto y sin tanta superestrella, a otras muchas producciones, a mi juicio, vacuas, pero que, incomprensiblemente, han logrado un mayor impacto comercial. ¿Adivinan a cuáles me refiero?.

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La Princesita: “Todas las mujeres son princesas por derecho propio”

No voy a andarme con rodeos. La Princesita es, en mi opinión, una de las mejores películas infantiles de los últimos años, comparable a joyas como Babe, el cerdito valiente o Toy Story (curiosamente las tres han sido “operas primas”). Lo que no acabo de entender es como una maravilla de película como esta, con un guión espléndido que combina realidad y fantasía a la perfección; con una fotografía, donde predominan los tonos cálidos, exóticos y frutales (en especial el verde); una dirección artística, un vestuario, un maquillaje, la evocadora música de Patrick Doyle y unos efectos especiales increíbles, pero que en ningún momento eclipsan el contenido de la historia, sino que la complementan de tal manera que se hacen imprescindibles; con una sensibilidad que te llega al corazón sin caer nunca en la sensiblería; con una realización ejemplar (los picados, contrapicados y encadenamiento de planos me recuerdan al mejor Orson Welles); y, sobre todo, con una niña, un pedazo de actriz, una preciosidad, un ángel a años luz de la repelente Shirley Temple (y otras monstruosidades por el estilo) llamada Liesel Matthews… Como iba diciendo, no me explico como esta obra maestra no ha sido exhibida en nuestro país donde corresponde: en un sala cinematográfica y a lo grande, como se merece este -insisto- diamante. Los distribuidores deberían flagelarse hasta desangrarse por esta ignominia.

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Trainspotting: La vida en un chute

La palabra Trainspotting hace referencia a un oficio muy británico consistente en apuntar los trenes que pasan por una estación. Esta actividad tan aparentemente monótona e inútil constituye toda una “modus vivendi” para quien la realiza. Lo mismo ocurre con los heroinómanos. La despreocupada vida del yonqui consiste casi exclusivamente en una sucesión de “chutes” tan sólo interrumpida por las inaguantables resacas, que suelen culminar en un nuevo “mono”. En contraste con la sociedad consumista, cuyos individuos aspiran a tener de todo, a poseer cuantas más cosas mejor, al yonqui una única cosa le preocupa: asegurarse, como sea, la siguiente dosis. Esto le convierte casi en un ser -digamos- especial y, por tanto, en peligro de extinción. De ahí la conveniencia de retratarlos con rigor, sin complacencia, sí, pero sin tremendismo, algo que el cine ha logrado en muy pocas ocasiones. Y es precisamente aquí donde Trainspotting gana la partida a anteriores experimentos, todavía recientes (véase El pico e incluso Kids), sobre el mundo de la adicción combinado con el retrato generacional.

Muchos han querido comparar esta película con la archipopular Pulp Fiction. Puede que como fenómeno de masas y desde un punto de vista superficial tengan cierta similitud pero existen diferencias más que evidentes (aparte, claro está, del argumento). En primer lugar, mientras el film de Tarantino, pese a su carácter transgresor, bebe directamente de las fuentes del cine clásico americano (su referente más próximo sería Don Siegel) y del cómic, Trainspotting, cuya base literaria (la novela homónima de Irvine Welsh) Danny Boyle no duda en reinterpretar o, mejor dicho, corromper, es un más que interesante intento (desde luego, mucho más que Romeo+Julieta) de integrar el lenguaje video-clip en el lenguaje puramente cinematográfico. De ahí que el calculado efectismo de las imágenes cobre una importancia vital a la hora de describir el desmadrado periplo vital de los personajes. En este aspecto, yo destacaría el uso que Danny Boyle hace del gran angular (nada novedoso, por cierto, si tenemos en cuenta La naranja mecánica, de Kubrick, película a la que Trainspotting rinde un nada disimulado homenaje). Mientras que en el cine de Welles este se usaba con funciones narrativas (la profundidad de campo, que permitía situar a varios personajes, en distintos planos, simultáneamente en la misma secuencia) aquí tiene una función puramente estética (el llamado efecto “mirilla”).

En cuanto al contenido, existen más diferencias respecto a Pulp Fiction: el distinto estrato social en que se desenvuelven los personajes, la distinta percepción del humor (negro en ambos casos, pero más escatológico en Trainspotting), la distinta estructura del guión, así como las inevitables diferencias “culturales” entre el cine americano y el británico, pese a que este último haya roto definitivamente con Europa, creando su propia industria e incluso su propia constelación de estrellas (entre las que se augura un lugar destacado al protagonista de Trainspotting, el escocés Ewan McGregor). De todos modos, a ambas películas les corresponde el mérito de haber roto con la apatía reinante en el panorama cinematográfico de fin de siglo, sabiendo combinar calidad y entretenimiento, sin renunciar al universal espíritu transgresor, común denominador de la nueva generación de directores.

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