La delgada línea roja: La naturaleza en conflicto

Con tan sólo dos películas, la entonces prometedora Malas Tierras y la bella, aunque a veces empalagosa, Días del cielo, el director norteamericano Terrence Malick, uno de los personajes más enigmáticos del cine de las últimas décadas (se ha llegado a decir, tal vez precipitadamente, que es el J. D. Salinger del séptimo arte), se granjeó la simpatía de una serie de críticos intelectuales, pasando a formar parte de la elite de cineastas de culto. Ajeno a estas afinidades, Malick decidió tomarse un descanso que ha perdurado la friolera de veinte años.

Ahora, tras tan larga ausencia, vuelve a la dirección con un film bélico poético y desgarrador, adaptación libérrima de una novela de James Jones, autor de la célebre “De aquí a la eternidad“, que narra la terrible experiencia de un batallón destinado a la toma de la isla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial.

Resultaría inútil hacer comparaciones entre la complejísima y, en ocasiones, metafísica película de Malick y la directa, brutal y muy física Salvar al Soldado Ryan de Steven Spielberg, de no ser por su coincidencia en el tiempo y en el género que abordan. Ambos directores, aún compartiendo el mismo objetivo último desmitificador de la guerra (más matizado en el segundo caso), siguen caminos muy diferentes, yo diría que opuestos, enfrentados. Mientras que la de Spielberg es una película de personajes, en la que los soldados adquieren todo el protagonismo, La Delgada Línea Roja prefiere escarbar en el entorno, en esa contraposición trágica entre la naturaleza (la misma, en realidad) en estado primitivo, dotada de una incomparable belleza, y esa otra naturaleza hostil, cruel que envuelve la batalla.

No es el único conflicto que muestra el film. Hay, además, un extraordinario conflicto interior (expresado en voz en off) en todos y cada uno de los personajes de la película, y que, a mi juicio, tiene que ver con la idealización y la búsqueda de la divinidad, representada para unos en un sentido literal (el capitán destituido), para otros en la persona amada, de la cual se espera que permanezca fiel durante la ausencia (el soldado interpretado por Ben Chaplin), o en una bucólica isla habitada por una tribu, cuyos miembros conviven en absoluta armonía, recordándonos la naturaleza bondadosa e inocente del hombre (el personaje, llamémosle principal, encarnado por el desconocido Jim Caviezel). En los tres casos la búsqueda se ve truncada por la siniestra lógica de la guerra, por la inhumana ambición de quienes viven de ella (a destacar, en este sentido, el imprescindible papel que desempeña el teniente coronel interpretado por Nick Nolte), y esa gran mentira, denunciada colosalmente por el sargento del batallón (magnífico, como siempre, Sean Penn), que conduce al enfrentamiento entre seres humanos (aquí Malick no hace distinciones entre japoneses y americanos, como puede comprobarse en la magistral secuencia de ataque al campamento nipón) y a la destrucción de todo cuanto hemos creado.

Quizás, el único fallo de la película, pero suficiente para no considerarla una obra maestra, sea que la absoluta falta de retórica (un elemento que sí es apreciable en el film de Spielberg) y la exquisita profundidad con que está tratado el tema, no llega a compensar las interminables tres horas que dura la película, tal vez por que el señor Malick, gran amante de la ornitología, se explaya demasiado en la contemplación de loritos verdes (por no hablar de los innumerables flash-backs con la dichosa mujercita de soldado), y esto, mezclado con la carga filosófica del film, puede resultar indigesto. A mí, a veces, me pareció una pedantería, eso sí, brillantemente fotografiada (el trabajo de John Toll es, sencillamente, perfecto) y con un envoltorio musical (made in Hans Zimmer) realmente espléndido. ¡Ah!, y una recomendación: admiradores de Rambo, abstenerse de ir a verla.

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Salvar al soldado Ryan: ¡Sálvese quién pueda!

El maestro Sam Fuller solía decir que su película bélica ideal sería aquella en la cual un francotirador disparara a los espectadores desde detrás de la pantalla, pues sólo así tendrían una percepción clara de lo que es el miedo a morir en combate. Según este presupuesto, Salvar al soldado Ryan contiene, en dos largas secuencias muy puntuales lo más parecido a la guerra que se ha visto hasta ahora en una pantalla de cine.

Pocas veces se ha mostrado con tanto verismo el horror y la crueldad del combate como en la recreación cinematográfica que realiza Spielberg del desembarco de las tropas aliadas en Francia, concretamente en Omaha Beach (Saint-Laurent-sur-Mer), batalla considerada clave en la resolución final de la Segunda Guerra Mundial, con la que se abre el film, o en la no menos terrorífica secuencia final, en la que los protagonistas tratan de defender un puente ente el avance incontenible de las tropas alemanas. En ambas secuencias Spielberg recurre al tono documental, obviando toda referencia al patriotismo y heroicidad de los soldados aliados, muy al contrario, lo que se nos muestra es un dantesco torbellino de vómitos, cráneos destrozados, vísceras reventadas, carne chamuscada y, sobre todo, miedo y confusión de unos soldados atrapados en una auténtica carnicería, donde el valor y la ética son irremediablemente sustituidos por los recurrentes “sálvese quien pueda”, “matar o morir” y “no hacer prisioneros”.

Para estas escenas Spielberg, inteligentemente, utiliza la filmación cámara al hombro, con imágenes granuladas y borrosas, al estilo de las famosas fotos de Robert Capa, intencionadamente demacradas, exceptuando el color rojo de la sangre (el trabajo fotográfico de Janusz Kaminski constituye, aparte de lo mejor del film, todo un hito en la historia del cine); un montaje vigoroso, con continuos cambios de ritmo, con una utilización nada artificiosa del “ralentí”, técnica con la que Spielberg abandona el estruendo de ametralladoras y morteros y, por unos instantes, consigue centrar toda nuestra atención en las imágenes, multiplicando por cien su efecto devastador sobre el, ya de por sí, aturdido espectador.

Lo que hay entre medias es un continuo descenso a los infiernos por parte de un grupo de soldados, capitaneados por un magistral Tom Hanks (que no ganó el Oscar por culpa de Roberto Benigni), asqueados de la guerra y de su siniestra lógica, quienes, por motivos humanitarios, son enviados a rescatar a un soldado (Matt Damon) que ha perdido a tres de sus hermanos en combate. Spielberg sigue el trágico periplo de estos soldados indagando en sus personalidad, sacando a la luz sus miedos, sus dudas así como el traumático efecto que la guerra causa sobre ellos, convirtiendo a humildes ciudadanos de a pie en verdaderos asesinos sin escrúpulos, algo que el capitán interpretado por Tom Hanks no esta dispuesto a tolerar, ni en su persona, ni en sus soldados.

Spielberg da muestra, a menudo, de un singular distanciamiento bretchiano, en escenas como la de los soldados rebuscando el nombre de James Ryan entre las chapas identificativas de los caídos en combate (en alusión directísima a Invasión en Birmania, de Raoul Walsh), o la macabra confusión con otro soldado del mismo nombre. Sin embargo, otras veces se muestra demasiado ampuloso y superficial: la justificación de la misión en base a una carta de Abraham Lincoln, la muy mal resuelta secuencia en que los soldados escuchan una canción francesa (compárenla con una conmovedora escena, bastante similar, que aparecía en Senderos de Gloria, de Stanley Kubrick), el mediocre comienzo y el moralista final en el cementerio de soldados estadounidenses, etc.

Por otra parte, Spielberg peca de soberbia al afirmar que “todas las películas sobre la Segunda Guerra Mundial rodadas en Hollywood durante los últimos 50 años eran románticas versiones de los días de gloria, eran entretenimiento y propaganda”. No cuenta Spielberg que sus principales fuentes de inspiración para esta película han sido auténticas joyas del cine bélico, como la anteriormente mencionada Senderos de Gloria, la estupenda La roja insignia del valor, de John Huston , la imprescindible Uno Rojo: división de choque, de Sam Fuller (quizás, junto a la casi olvidada Cuatro hijos, de John Ford, el referente más claro de Salvar al soldado Ryan), las sobrecogedoras Playa roja, de Cornel Wilde, o El puente, de Bernhard Wicki (claramente inspiradora de la batalla final); por no hablar de otros títulos más recientes, como La chaqueta metálica, de Kubrick (recuerden sino la escena del francotirador), Platoon, de Oliver Stone, etc. Películas que, pese a que algunas no tratan sobre la Segunda Guerra Mundial, abordan con gran rigor el tema de la futilidad de las guerras, porque todas las guerras son igualmente crueles e injustas.

Y es que, como muy bien afirmaba Maruja Torres en un artículo de la época, “Spielberg cree que los grandes temas de la humanidad empiezan a existir para la pantalla cuando el los toca”. Puede que para los olvidadizos yanquis tenga razón Spielberg. Tal vez por ello se han apresurado, a mi juicio, precipitadamente, a calificar a Salvar al soldado Ryan como “la mejor película bélica de la historia”.

Pero lo peor no es esto. Mucho más grave, y lo que constituye un auténtico agravio comparativo respecto a los filmes anteriormente mencionados, es la escasa valentía de Spielberg al eludir toda profundización crítica hacia los altos mandos (auténticos promotores de las carnicerías guerreras) y toda la estructura militar en su conjunto (tan sólo unas leves referencias a la “cadena de mandos” y a la inutilidad de arriesgar la vida de varios soldados para salvar la de uno que ni siquiera se sabe si está vivo). Da la sensación de que el señor Spielberg pretende dejar contento a todo el mundo. Por un lado denuncia la crueldad y la falta de ética de las guerras, pero por otro justifica la Segunda Guerra Mundial apelando a la lucha por las libertades. Lo siento, pero este argumento no se sostiene. Esta guerra, como muchas otras, se podría haber evitado a tiempo.

Si encima recurre al discurso parcial, sensiblero y moralista (la bandera estadounidense ondeando y el recordatorio general subjetivizado en la persona del soldado Ryan: “haz que merezca la pena -lo que hemos hecho por ti-”), entonces no cabe duda de que estamos todavía muy lejos de ver una obra maestra. Pese a que en nuestra retina quedarán para siempre grabadas imágenes como la del soldado nazi clavando un puñal al soldado judío-americano, el espanto de un chaval de academia ante la masacre, el “ajusticiamiento” diferido de un prisionero poco escarmentado, anteriormente liberado, la incomprensión del soldado interpretado magníficamente por Edward Burns (director de Ella es única), el fanatismo religioso de un francotirador con la sangre de horchata, la pérdida de la inocencia de un casi niño de la América profunda, convertidas en lágrimas de anciano en deuda permanente con su pasado, y sobre todo la mano temblorosa y la mirada perdida de un antihéroe americano.

Insisto, aun le queda mucho a Spielberg para convencerme de su valía, pero éste es, sin duda, un gran paso adelante. Para completar el camino lo tiene francamente fácil. Sólo tiene que volver a sus orígenes: a la maravillosa sencillez de Duel (El diablo sobre ruedas), la admirable frescura de Sugarland Express (Loca evasión) y, por supuesto, el portentoso pulso narrativo de Jaws (Tiburón), sus tres obras maestras todavía no superadas.

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Titanic: Bigger Than Life!!!

Producción de elefantiásicas proporciones y desmesurado presupuesto, Titanic, de James Cameron (quien, hasta ahora, había vivido siempre bajo las permanentes comparaciones con el Rey Midas de Hollywood, Steven Spielberg), es una de esas obras de ingeniería cinematográfica puesta al servicio de las emociones, llamadas a formar parte de la memoria colectiva de los cinéfilos durante varias generaciones.

Exquisitamente realizada, montada y fotografiada, utilizando todos los medios tecnológicos y artísticos de este final de siglo, Titanic es, sin embargo, una película que alcanza su grandeza en la historia de pasión, convencional, sí, pero siempre conmovedora, entre sus dos jóvenes protagonistas: un fascinante Leonardo Di Caprio (capaz, con sólo una mirada, de derretir plateas enteras repletas de muchachitas en flor -¡Dios, qué envidia me da!-, entre histéricas declaraciones de amor eterno, aunque imposible) como el joven Jack, un pintor bohemio destinado a salvar la vida, “en todos los sentidos”, a una adolescente, Rose (maravillosa Kate Winslet), perteneciente a una familia aristócrata inglesa venida a menos, obligada, por decreto maternal, a contraer matrimonio con un prepotente norteamericano burgués, millonario, a pesar de su ignorancia, posesivo y reaccionario (Billy Zane, quizás lo único olvidable de la película). La travesía y posterior hundimiento del “insumergible” Titanic, símbolo universal del peligro que supone la imparable ambición humana por dominar el mundo a través de la tecnología, sin contar apenas con el factor humano (llama la atención que, en un barco equipado con los últimos avances tecnológicos de la época, los vigías no cuenten siquiera con prismáticos que les permitan ver los icebergs a distancia), se convierte así en mero transfondo trágico de esa pasión (la certidumbre sobre el desastre que se avecina hace que nos identifiquemos más con los protagonistas y nos involucremos más decididamente en la historia), un transfondo que no elude el aspecto social de lucha de clases, al retratar las desiguales condiciones en que viajaban tanto los pasajeros como la tripulación, según fuera su adscripción social, y la distinta suerte que corrieron durante la tragedia.

En un plano meramente formal hay que dividir la película en dos partes bien diferenciadas: una primera parte en el que vamos conociendo a los personajes, y en el que se da rienda suelta a la pasión y al proceso de desencorsetamiento de la joven protagonista, a raíz de su encuentro con el pintor, y que parte de la búsqueda de un extraordinario diamante (elemento que James Cameron utiliza como un McGuffin, pues para el espectador no tiene, en absoluto, valor) y del relato de su presunta propietaria, una anciana superviviente del naufragio que revivirá su traumática experiencia en un ejercicio de introspección que recuerda bastante a películas como Pequeño Gran Hombre; y una segunda parte, conmovedora y espectacular, que en algunos momentos nos recuerda al mejor Einsenstein (con grandiosos movimientos de masas, primeros planos y secuencias simbólicas, como la de los platos cayendo de los estantes, metáfora del declive de toda una época: la Eduardiana), en la que Cameron incluye momentos dignos del mejor teatro del absurdo (el miembro de la tripulación que amenaza al protagonista con hacerle responder ante la compañía por haber roto un panel, mientras el barco se hunde irremediablemente; o ese otro empleado que se suicida de un tiro en la sien por su incapacidad para controlar a las masas, matando incluso a un pasajero), sin olvidar escenas de una gran belleza, (como la de los ancianos esperando la muerte en su lecho, o los sensacionales travellings en las calderas que mueven el barco) o sencillamente dantescas (la barca navegando entre un mar de cadáveres), que hacen que pequeños fallos, como el de incluir ecos en alta mar, pasen casi desapercibidos.

Esta claro que, además, la historia está contada desde dos puntos de vista: el de la anciana Rose, centrada en lo puramente sentimental, y el del propio director (es obvio que muchos pasajes de la historia no podía conocerlos la protagonista), de claro contenido épico. Ambos puntos de vista se complementan y superponen a la perfección, desarrollando una compleja estructura narrativa, repleta de saltos temporales magníficamente conseguidos, y que culminan con la, para muchos, discutible secuencia final, que no voy a relatar por motivos obvios.

Por último, hacerme eco de dos escenas, a mi juicio memorables, como son la de la cena en el comedor de primera clase, y, sobre todo, la sensual escena en la que Jack retrata a la protagonista en toda su desnudez, simplemente ataviada con el preciado diamante. Un retrato que reflejará muchos años después el lado más pasional y humano de una de las mayores tragedias de nuestro siglo.

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El Mundo Perdido: ¡Qué grande es ser papá!

En primer lugar, resulta alarmante que la media de edad de los espectadores de El Mundo Perdido ronde los 8 años cuando se nos avisa claramente que la película es ¡no recomendada para menores de 13 años!. No os podéis imaginar el infierno por el que un servidor tuvo que pasar antes y durante la proyección: que si una niña que no paraba de decirle a su madre, a voz en grito, que quería ir al servicio (quizás de puro cague), que si un chavalín que no paraba de gritar y taparse los ojos con las manos (curiosamente, al final de la proyección aplaudió a rabiar), y otro tipo de atrocidades que no me voy a parar a relatar. Puede que todos estos hechos condicionaran mi opinión respecto al film. No lo sé. Lo que sí sé es que al acabar la película no esperé a que terminaran los títulos de crédito para salir despedido cual alma que lleva el diablo de la sala, y esto es muy significativo en mi caso, creedme. Justamente este verano tuve la ocasión de leer el libro en que presuntamente -y recalco lo de presuntamente- se basa la película y, si bien no me pareció precisamente una joya de la narrativa contemporánea, desde luego opino que le da mil patadas al engendro de Spielberg. Al menos la novela se sustenta a base de las continuas referencias que ella se hacen a la teoría del caos (al igual que ocurría en Parque Jurásico) y las variaciones del comportamiento como factor determinante en la evolución de las especies o, en algunos casos, como causa de su extinción, cosa que en la película casi se ha eliminado en aras de una mayor espectacularidad, o sea, para que el espectador se “deleite” con las continuas dentelladas, descuartizamientos varios y, en general, con una especie de “pista americana pseudo-gore” de pésimo gusto. Todo ello salpicado de un tufillo paternalista reconocible, no sólo en la manida relación amor-odio entre el profesor Malcolm y su repelente hijita Kelly (otra licencia del sensiblero Spielberg), sino en la asombrosa demostración de amor paterno de que hacen gala los T-Rex, algo que ya se dejaba notar en la novela pero que Spielberg ha llevado a límites insospechados, con esa parte final que comienza como un “homenaje” a Speed 2 y que transcurre en las transitadas calles de San Diego cual remedo de King Kong o quién sabe si como anticipo de Godzilla.

Pero no son estas las únicas licencias que se ha tomado el Rey Midas de Hollywood. Se puede decir que no se ha respetado ni un ápice el contenido de la novela de Crichton: ni los personajes, ni las situaciones, que se amontonan sin un mínimo criterio, ni en la resolución de la historia. Incluso el comienzo ha sido rescatado de la primera novela. Especialmente lamentable me parece lo del personaje de Sara, la auténtica heroína de la novela, capaz de sacar de mil y un apuros a Malcolm y compañía al más puro estilo Rambo, y que en la película no para de gritar, sollozar y ser rescatada cual princesa de cuento de hadas, como en la escena de la caravana colgando del precipicio -por otra parte, lo mejor del film. La heroicidad femenina Spielberg se la adjudica a una (hasta el momento que, tras un espectacular ejercicio gimnástico, sacude una patada a un velocirraptor) asustada Kelly. También es verdad que la película no ha podido librarse de la alargada sombra de Parque Jurásico. Así Spielberg no ha dudado en rescatar algunos personajes de la primera película, como el inaguantable Hammond y sus detestables nietos, o de hacer continuas referencias visuales a éste. Referencias que se extienden a la banda sonora, cuyo tema principal parece sacado de una peli de indios y vaqueros, y que contiene pequeños fragmentos pertenecientes a Parque Jurásico. Pero, curiosamente, mientras que en el mencionado film no dudaban en cepillarse a los dinosaurios para evitar problemas en el futuro, en El Mundo Perdido Spielberg se saca de la manga un discurso conservacionista muy propio de la era Clinton, y de paso deja la puerta abierta a una más que previsible tercera parte, esta vez con bichos voladores incluido. Todo sea por el bien de la industria juguetera y de las multinacionales de la “alimentación”, que a buen seguro se estarán frotando las manos con tanto bichejo y tanta monserga. Nosotros sí que estamos perdidos.

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