Películas clasificadas como 'thriller'

Cop Land: Solo ante el peligro

Sí, ya sé que es un símil muy manido, pero es que las comparaciones con el inolvidable film de Zinnemann son inevitables. En su segundo film, tras Heavy, film de culto que descubrió para el cine a la suculenta Liv Tyler, James Mangold nos propone una vuelta a los postulados del cine clásico norteamericano, concretamente del cine negro y el western, géneros por antonomasia de la cinematografía yanqui.

Un grupo de policías neoyorquinos decide crear una tranquila comunidad fuera de la ciudad, en Nueva Jersey, para alejarse del mundanal ruido y los continuos problemas a los que puede estar sometido un “poli” en la gran ciudad. Sin embargo, pronto descubrimos las verdaderas intenciones de estos llamados representantes de la Ley. La comunidad no es más que una tapadera para toda clase de chanchullos y tramas turbias, con implicaciones mafiosas, que escapan al control de los sagaces investigadores de asuntos internos, por hallarse dicha comunidad fuera de su jurisdicción. Para asegurar una total impunidad a sus actos, nombran sheriff a un tipo aparentemente dócil y simple (sorprendente Sylvester Stallone, muy alejado de su estereotipada imagen de mazas, aunque igual de inexpresivo que siempre) que no pudo ingresar en el cuerpo por sufrir sordera en un oído, producida al intentar salvar a una joven que cayó al río en su coche. Sin embargo, al cabo de los años, ese humilde hombretón está llamado a convertirse en pieza clave para desenmascarar a los siniestros responsables de tanta corrupción.

Un argumento sencillo y convencional, a través del cual el director rescata la vieja épica del hombre solitario y despreciado, enfrentado al dilema de proteger a sus “amigos” o hacer cumplir la ley como corresponde. La misteriosa desaparición de un joven policía (Michael Rapaport), envuelto en un extraño incidente con tintes raciales, se convierte en la excusa perfecta para que, de una vez por todas, el protagonista haga valer su autoridad frente a una piña de hombres mucho más preparados y experimentados que él, capitaneados por un siniestro personaje (inquietante Harvey Keitel, en una de esas interpretaciones con aroma a Oscar), que no dudan en recurrir a toda clase de artimañas, incluido el asesinato, para salvaguardar su idílica sociedad perfecta, ante las continuas intromisiones de un investigador de asuntos internos (desaprovechado Robert De Niro), dispuesto a saldar cuentas pendientes.

Un desquiciado policía cocainómano (resucitado Ray Liotta), traumatizado por la pérdida de un compañero en circunstancias extrañas, y al que sus colegas no le perdonan su relación sentimental con una puertorriqueña, y la joven esposa de uno de los policías (estupenda Annabella Sciorra), salvada hace años por el sheriff, con el que mantiene un romance imposible, completan el entramado de personajes a quienes, de una forma u otra, afectará la decisión última y arriesgada de nuestro particular Gary Cooper de saldo.

James Mangold ha sabido rodearse de un fenomenal grupo de intérpretes, pero ha cometido el error de hacerlos girar en torno al mediocre Stallone, que no sale muy bien parado en sus enfrentamientos con Keitel y compañía. Tampoco acierta al dotar a su película de un cierto tufillo sensacionalista, con evidente maniqueísmo en la descripción moral de los personajes, a quienes acaba dividiendo en bandos de buenos, malos y meros consentidores en el clarificador duelo final, eso sí, magníficamente conseguido. Como aspectos positivos, destacar la sobria y pulcra realización, un fenomenal trabajo fotográfico, la eficiente banda sonora compuesta por Howard Shore, la impecable dirección de actores y, por supuesto, la intención de denuncia social de los malos usos y abusos de autoridad cometidos por aquellos que, llamados a hacer cumplir la ley, creen estar por encima de ella. Lástima que esta intención no se traduzca en mejores resultados.

Comentar Hugo Flores

Poder Absoluto: Todos los hombres del presidente

Film menor dentro de la encomiable carrera del actor-director Clint Eastwood, Absolute Power se deslinda de la actual tendencia laudatoria hacia la figura del Presidente de los EEUU, para presentarnos a un inquilino de la Casa Blanca bebedor, mujeriego y embustero.

Basada en una mediocre novela de intriga, la película narra las peripecias de un veterano ladrón profesional que es testigo de la agresión a la joven esposa de un influyente personaje de Washington por parte del mismísimo mandatario estadounidense, y de la letal intervención de sus hombres de confianza para salvaguardar la integridad de tan egregio personaje.

Con una realización convencional, un guión discretito, aunque efectivo, y un plantel de actores de quitarse el sombrero (a parte del propio Eastwood, como el escurridizo ladrón, destacan Gene Hackman, como el pérfido presidente, Judy Davis, como su inseparable “mano derecha”, la mujer que infructuosamente trata de sacarle de todos los líos, el siempre inquietante Scott Glenn y Dennios Haysbert, como los fieles sicarios del Servicio Secreto, Ed Harris, como el investigador encargado del caso, el veterano E.G. Marshall, como el principal valedor del presidente, y marido engañado de la víctima, y la preciosa y -desgraciadamente- poco prodigada Laura Linney, como la hija del involuntario testigo), el film carece, sin embargo, de un ajustado sentido del ritmo. Algunas escenas, como la que abre la película, se hacen interminables, como si el director tratase de forzar al límite la sensación de angustia y suspense. Otras, en cambio, están aceleradas y mal resueltas (servidor sigue preguntándose cómo coño -con perdón- lo hace el protagonista para burlar en todo momento a la policía, al FBI, al Servicio Secreto y a Santo Cristo con unos disfraces tan casposos que hasta dan grima).

El problema, a mi juicio, no está en el guión (bastante ha hecho el gran William Goldman al dar una mínima consistencia a una trama tan inverosímil), sino en su traslación a imágenes. Siempre he pensado que la gran asignatura pendiente de Clint Eastwood como director es el manejo del “tempo”. Una buena puesta en escena no consiste sólo en saber colocar los personajes y la cámara en el sitio correcto, sino en saber desarrollar las escenas al ritmo adecuado, sin prisas, pero sin pausas. Lo que Clint Eastwood nos cuenta en dos horas, Hitchcock lo haría, en media hora, en unas de sus magníficas historias para la Televisión. No es mi intención criticar al bueno de Clint; al contrario, admiro el clasicismo de sus películas, pero creo que debería pulir algunos defectos, ponerse en el lugar de un espectador de metro ochenta de altura que trata de acomodarse como puede en el diminuto espacio que separa una fila de butacas de otra.

Por suerte, la película logra salvarse gracias al buen hacer de los actores, a algunos detalles que demuestran la nueva sensibilidad adquirida en los últimos años por Clint Eastwood (la relación entre el veterano ladrón y su hija, nada menos que fiscal, nos muestra la cara más amable del antaño “tipo duro” por excelencia) y a una sanísima intención crítica hacia los siniestros mecanismos del Poder y hacia la, a menudo, abusiva y cínica conducta de quienes lo ostentan. Triste consuelo es saber que los malos casi siempre pierden en la ficción. Ojalá ocurriese lo mismo en la realidad.

Comentar Hugo Flores

Carretera Perdida: El lado oscuro

El gran mérito de directores como David Lynch consiste en la inquebrantable fidelidad que tienen hacia su forma de hacer cine. Uno va a ver una película de Tarantino, Scorsese o el mismo Lynch y ya de antemano sabe lo que le espera.

A algunos les puede gustar lo que hace, otros, en cambio, lo odiarán; pero nadie, absolutamente nadie queda indiferente hacia el cine de este, en mi opinión, excepcional director.

En Carretera Perdida encontramos las constantes de su cine: una atmósfera inquietante, acongojante desde el principio, un predominio de la imagen y el sonido (¡atención, sobre todo, al recital de sonidos estridentes, atmosféricos, chirriantes y, en resumen, morbosamente desagradables que jalonan la alucinante banda sonora de la película!) sobre el diálogo, donde destacaría la memorable secuencia en la que el gangster le “aconseja” prudencia a un descerebrado conductor, e incluso sobre el mismo argumento. Alguien puede pensar que esto es pura superficialidad, pero no es así. Lo que Lynch hace es mostrarnos todo aquello que nosotros apenas recordamos al despertar después de una agitada noche: nuestro subconsciente, nuestro lado oculto, ¡nuestras pesadillas!.

Se puede definir Carretera Perdida como se quiera. Mi propia hermana la ha definido como “una especie de thriller con argumento lineal pero contado al revés” (una definición, sin duda, tan surrealista como el propio film). En el hay psicópatas con doble personalidad, mujeres fatales de doble vida, gangsters sucios, asesinatos, vouyerismo, humor negro y algo más: ese espíritu maligno siempre presente en el cine de Lynch (¿recordáis Twin Peaks?), esa morbosidad desbordada (fascinante Patricia Arquette) y esa falta de concreción al final de sus historias y esos repentinos y gratuitos cambios de ritmo que constituyen lo mejor y lo peor de esta apasionante película y, en general, de toda su interesante filmografía.

Comentar Hugo Flores

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