Memento: Crónica de una muerte anunciada

Más que agradable sorpresa la de este film, revelación del Festival de Sitges 2000, un thriller que, pese a tratar un clásico argumento de venganza, con el inevitable ingrediente de la mujer fatal, está contado de una forma original: del revés, o sea, anteponiendo, a través de los distintos segmentos en que se divide, los efectos a las causas, y con la particularidad de la extraña amnesia del protagonista, capaz de recordar episodios de su vida anteriores a la muerte de su esposa, a quien trata de vengar, pero que pierde su memoria presente cada quince minutos, lo que le obliga a recoger datos a partir de fotos y notas escritas (algunas, tatuadas en su cuerpo) de forma metódica, con el único objetivo, convertido en causa existencial, de encontrar al supuesto violador y asesino de aquella.

La constante irrupción de un personaje inquietante, un tal Teddy, de quien desconocemos sus motivaciones personales, la confusa aparición en escena de la chica (magnífica Carrie-Anne Moss), los flash-backs relacionados con un caso, similar al del protagonista, y que este investigó cuando trabajaba para una agencia de seguros, conforman un cuadro de situaciones y personajes de gran complejidad (en ciertos momentos, quizás, demasiada) tan pretencioso como, a la postre, bien resuelto con un maquiavélico giro en la trama, con el que el realizador y guionista Christopher Nolan desvela la última pieza de un puzzle, hasta ese momento, indescifrable, aunque sin caer en el mero golpe de efecto, como ocurre, por ejemplo en El Sexto Sentido o en Sospechosos Habituales.

En definitiva, un film inteligente, que fuerza al espectador a pensar, y que, de haber contado con verdaderas estrellas en su reparto (Guy Pearce es un sensacional actor, pero carece del caché de un Keanu Reeves y mucho menos de un Tom Cruise), seguramente, a estas alturas, se estaría hablando de ella como una firme candidata a alguno de esos preciados galardones que se entregan estos días. Lástima, pues esta película, así como su creador, no deberían pasar desapercibidos.

Comentar Hugo Flores

Matrix: Somos pilas

Pensar hace algún tiempo que alguna producción pudiera disputarle las lentejas al fenómeno Star Wars, entraba, cuanto menos, en el terreno de la ciencia ficción. Sin embargo, este año está siendo especialmente fructífero en cuanto a acontecimientos cinematográficos de primera magnitud, y Matrix es, indudablemente, uno de ellos, comparable al que supuso en su día Blade Runner, por lo que ambas películas han tenido de revolucionarias, al menos, en su aspecto formal.

¿Qué es lo que Matrix tiene de original? En principio, una concepción visual absolutamente innovadora, basada en un diseño de producción novedoso, incluso equiparable a la imposible puesta en escena del arte secuencial (lo que vulgarmente denominamos cómic), y sobre todo en unos impactantes efectos especiales de ultimísima generación (y aquí hay que romper una lanza por el singular avance que ha supuesto el sistema operativo Linux en el terreno de la infografía, lo que ha permitido abaratar mucho los costes y la posibilidad de romper de una vez por todas con la tiranía de las grandes compañías de efectos visuales, llámense Industrial Light & Magic, Digital Domain o Sony Imageworks) que aportan un salto cualitativo en cuanto a concepción visual y dominio del espacio y el tiempo por parte del realizador. Está muy cerca el día en que los directores de cine (o, más bien, los productores) puedan manejar la realidad a su antojo, es decir, que estos puedan utilizar la imagen como un lienzo y a los ordenadores como instrumentos de creación artística.

En cuanto al contenido del film, sin duda más convencional que el continente, Matrix se ha concebido como un gigantesco pastiche de referencias, que van desde el puro relato mitológico, con claras influencias pseudo-religiosas de carácter mesiánico, mezclando el sionismo y el neocristianismo con el kung-fu y las técnicas de autorrealización, pasando por la más pura exaltación de la violencia, mostrada siempre de forma espectacular y atrayente, lo que confiere al film un cierto tufo fascistoide, hasta la inevitable atmósfera ciberpunk cuyo máximo exponente es, ciertamente, William Gibson y su impagable novela Neuromante. Todo ello salpicado con claros y explícitos homenajes a Lewis Carrol y su Alicia, y, cómo no, a la auténtica Biblia de la ciencia ficción contemporánea: Un mundo feliz, de Aldous Huxley. En definitiva, un auténtico batiburrillo no tan difícil de descifrar pero que, en ocasiones, no se sujeta ni con pinzas.

Haré caso a la campaña publicitaria y no trataré de explicar lo que es Matrix. Que cada cual saque sus conclusiones. Ahora bien, ¿no resulta paradójico que aquello que los protagonistas pretenden combatir les sea absolutamente necesario para conseguir sus fines? Más aún, ¿no es precisamente Matrix lo que se está imponiendo en este tipo de películas, en las que los actores son utilizados como meras marionetas al servicio de la tecnología punta? Dejo, maliciosamente, estas dos preguntas en el aire.

Comentar Hugo Flores


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