Vampiros: Homenaje a Hawks

Aunque a algunos les pueda sonar a Abierto hasta el amanecer, casi podría jurar que la piedra filosofal a partir de la cual el inefable John Carpenter ha elaborado Vampiros ha sido la obra de Howard Hawks, tanto en la definición de personajes, que enlazan directamente con los antihéroes personificados en el misógino Bogart y el facha Wayne, como en la descripción de ambientes (Carpenter obvia toda estética gótica y plantea un western al más puro estilo Río Conchos) y situaciones (el claro homenaje a ¡Hatari! de la secuencia inicial, o las frecuentes salidas de contexto durante los diálogos, casi siempre excesivos en su elocuencia). Lo que no quita que, ante todo, Vampiros sea una obra personal, pues Carpenter no plagia, simplemente se presta a influencias, pues, como buen cineasta, sabe que, en cuestión de cine, todo está inventado.

Vampiros es, además, un verdadero ejercicio de contención estilística, en el que domina la claridad expositiva y la economía del trazo frente al abuso visual de las superproducciones, lo que otorga al film un cierto aire “out-side”, sin pretensiones de ningún tipo, que, junto a su vocación de serie B bien entendida (con lógicas concesiones al gore), pueden elevarla a la categoría de culto.

A mí, personalmente, se me hizo pelín larga, reiterativa y, pese a su prometedor comienzo, un tanto predecible. A destacar la más que acertada elección de los actores, en especial de un James Woods en su salsa, y una modesta, aunque muy efectiva, banda sonora compuesta por el propio director.

Pero, sin duda, lo que más agradezco del film es que no haría falta más de dos o tres párrafos para comentarlo. Es la ventaja de los directores que no renuncian al cine de siempre: que dejan las cosas muy claras para que los demás no nos comamos el coco descifrando su intríngulis. Cazavampiros que buscan a vampiros que, a su vez, buscan la reliquia que les permitirá sobrevivir a la luz del día, eso es todo. Y ya es mucho.

Comentar Hugo Flores

Abre los Ojos: Vértigo

Segundo largometraje, tras la muy exitosa Tesis, de Alejandro Amenábar, este jovencísimo director, llamado a convertirse en uno de los más firmes valores de nuestro cine; un cineasta total, capaz, no sólo de escribir y dirigir sus películas, sino que además compone en parte sus bandas sonoras, e incluso se permite la licencia de aparecer en breves “cameos”, al más puro estilo Hitchcock, probablemente el director más influyente de todos cuantos ha habido, y cuya obra sirve de constante referencia para Amenábar, en especial, su gran obra maestra, Vértigo, film enigmático y complejo que podría muy bien haber servido de base para el sugerente juego de apariencias y realidades que se desarrolla en Abre los ojos.

Pero si en aquella mítica película eran dos mujeres de extraordinario parecido, que en realidad eran la misma, las que obsesionaban al protagonista (aquí transformado en un joven, atractivo y triunfador niño pijo), en el caso de Abre los ojos son dos mujeres muy diferentes, una sexualmente insaciable, celosa, autodestructiva y, al mismo tiempo, destructora (la típica chica “kamizaze”, tal y como la definió Woody Allen en la agresiva Maridos y mujeres); la otra más misteriosa, más etérea, y, por ello, más inalcanzable, quienes acaban adoptando la misma personalidad. Todo ello en un contexto onírico, entre el thriller psicológico y la ciencia ficción trascendental, algo así como una mezcla entre The Game -aunque, afortunadamente, mucho menos artificiosa- y Desafío Total (a mi juicio, la película más brillante y compleja del irregular Paul Verhoeven), pero con una estructura desconcertante y una atmósfera inquietante y perturbadora, en clara sintonía con el cine de David Lynch (no me extraña que Amenábar haya incluido, entre los personajes, una especie de Pepito Grillo mefistofélico, sin duda, inspirado en la particular fauna “lynchiana”, como se puede apreciar en Carretera Perdida), y con curiosas coincidencias con recientes estrenos de éxito (comparar, en este sentido, la escena de la Gran Vía desierta -aunque, je, je, no del todo- y una muy similar aparecida en The Devil’s Advocate). Un pastiche del que Amenábar ha sabido extraer un estilo personal, algo muy difícil de conseguir, sobre todo por directores que practican lo que, tal vez erróneamente, se ha dado en llamar cine de género, no sin cierto tono despectivo (como si los John Ford, Howard Hawks o el mismísimo Alfred Hitchcock no hubiesen aportado nada a este centenario arte), pero que, sin embargo, debe pulir y perfeccionar, pues aún es visible cierto afán pretencioso por demostrar una temprana genialidad, mediante la composición virtuosista de las secuencias y los planos, o una falta de naturalidad y credibilidad en los personajes, diálogos y situaciones, que, en manos de un director más experto, aunque no por ello más talentoso, habrían estado mejor definidos. Por poner un ejemplo, lo que el propio Amenábar considera una herejía: echarle en cara a Hitchcock que desvelara el misterio de Vértigo a mitad de la película, y no al final, como hace él en Abre los ojos, no es más que la constatación palpable de su ingenuidad, pues si alguien cometió una herejía -por otra parte, necesaria y magistral- fue Hitchcock; mientras que lo que él hace en Abre los ojos es lo convencional. O, tal vez, Amenábar no sea tan ingenuo, tal vez lo que hizo fue tratar de justificar, tramposamente, su pequeña traición hacia la obra maestra que, indudablemente, le ha servido de molde. Eso sí que sería una herejía, aunque podríamos perdonársela. Yo, al menos, lo haría.

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L. A. Confidential: Hollywood, el gran guiñol

Director de irregular trayectoria, especializado en thrillers psicológicos, entre los que destaca Malas compañías y, sobre todo, La mano que mece la cuna, Curtis Hanson, que comenzó como guionista de películas como El perro blanco, del recientemente fallecido Sam Fuller, tardó la friolera de seis años en dar cuerpo a su proyecto, hasta la fecha, más ambicioso y personal: la adaptación de todo un clásico de James Ellroy, L. A. Confidential, una compleja y densísima novela policiaca de más de 500 páginas y alrededor de 80 personajes, que constituye una auténtica crónica sobre la cara oculta y sórdida de una ciudad, Los Angeles, y una época, los años 50, que simbolizan el bienestar y los sueños de millones de personas de todo el mundo.

Policías corruptos, trepas sin escrúpulos pero honestos, gangsters que luchan por el control del tráfico de drogas, prostitutas de lujo, políticos demasiado “políticos” y periodistas sensacionalistas, entre otros, habitan en la llamada fábrica de sueños, un mundo de apariencias, falso como los decorados de una superproducción de Hollywood, del que se nutre tan heterogénea fauna para su supervivencia. Encarnados en unos espléndidos intérpretes, no demasiado conocidos (exceptuando al excelente Kevin Spacey y, claro está, a Kim Bassinger, como la glamourosa fulana Lynn Braken, en la mejor interpretación de su carrera), a los que Hanson dirige con inusual maestría, con una sobriedad y solidez que recuerdan a los grandes maestros que han dado gloria al cine negro, aunque quizás sus planteamientos están más cerca del Roman Polanski de Chinatown que del Howard Hawks de El sueño eterno, por poner dos ejemplos.

Con la inestimable ayuda del co-guionista Brian Helgeland, y apoyándose en la magnífica dirección de fotografía llevada a cabo por Dante Spinotti y en una evocadora banda sonora repleta de temas clásicos de la época, acompañados por el estupendo score compuesto por el siempre eficiente Jerry Goldsmith, sin olvidar la perfecta recreación de ambientes y vestuario, que llevó esta película a arrasar en la ceremonia de entrega de los Oscar, Curtis Hanson consigue casi lo imposible: dar forma y credibilidad a una dificultosa trama centrada en las luchas intestinas de las mafias por controlar el pujante negocio de la droga, y en la que se ven envueltos destacados miembros del Departamento de Policía de Los Angeles, así como un peligroso magnate que controla una lujosa red de prostitución a alto nivel, con putas de asombroso parecido con grandes estrellas de la Edad Dorada de los estudios de Hollywood (en una escena, incluso creo reconocer a una doble de la niña-actriz Shirley Temple), lo que dará pie a alguna que otra situación jocosa (fenomenal el episodio con Lana Turner), y que tres policías, en apariencia, muy distintos en cuanto a carácter y ambiciones (el trepa Ed Exley, el sardónico Jack Vincennes y el romántico Bud White) tratarán de desentrañar. Todo ello bajo la atenta mirada de un experto en escándalos y montajes, un astuto duendecillo de la comunicación, interpretado por Danny De Vito, que oficia como presentador de este gran guiñol hollywoodiense.

Sólo una pega: el engañoso, ambiguo y complaciente final -sin duda, una imposición de los productores-, resulta, cuanto menos, discutible, pues rompe con el tono general, absolutamente oscuro, de la película, aunque, a mi juicio, no logra echar por tierra 140 minutos de gran cine, de CINE con mayúsculas. De todos modos, confío en que algún día Curtis Hanson nos sorprenda con un “Director’s cut”, para redondear definitivamente la faena.

Por último, quisiera hacer una mención de honor a Russell Crowe, como el policía protector de mujeres maltratadas, cuya portentosa voz no ha sido, en absoluto, respetada en la versión doblada (por suerte, yo vi el original); así como a Guy Pierce (la alocada “drag queen” de Priscilla, reina del desierto), en el papel del joven policía trepa, y a ese magnífico “secundario” que es James Cromwell, al que muchos habrán identificado como el gentil pastor de Babe, el cerdito valiente.

Háganme un favor: NO SE LA PIERDAN.

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